Blog

  • Testimonio

    Testimonio

    Por: G.V. Andersen

    Beca Conhacyt

    Maestría en Demografía (2024-2026)

    Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales

    El Colegio de México

    Años antes, había escuchado la posibilidad de estudiar fuera de Cuba mediante una beca; sin embargo, nunca pensé que pudiera ser elegido para alguna. Varios amigos insistieron en que aplicara, incluso el autor de este libro, pero siempre creí que las becas de estudio, investigación o cualquier otra eran cosa exclusiva de muy pocos. Como parte del mundo universitario, a menudo escuchaba de profesores que se iban a España, Chile, México a comenzar maestrías y doctorados. A mediados del año 2023, vi seriamente comprometido mi estado de salud y comencé a cuestionarme ciertas actitudes que había mantenido hasta entonces. Fue así como una mañana de junio, recuerdo que era domingo, desperté a mi esposa y le dije con total convicción: «Vamos a aplicar a una beca».

    Hubo varias razones para que fuera Conahcyt (ahora Secihti) la beca seleccionada. La principal, lo económico. Mi esposa y yo calculamos los gastos entre legalizaciones, examen de admisión, posible apostillado de documentos académicos y certificados importantes, viajes al Consulado en La Habana, visa, pasaje de avión y estancia de al menos tres meses en el nuevo país hasta que me realizaran el primer pago. La cifra se nos escapaba de las manos y se nos encarecía más cuando analizábamos otros destinos. Por otra parte, nunca quise irme solo a ningún lugar, mucho menos por el tiempo que dura una maestría, y la Ley de Migración mexicana permite la preservación de los matrimonios y otros vínculos bajo la figura de «Unidad familiar». Así que Conhacyt se convirtió en el objetivo.      

    El proceso de aplicación es relativamente sencillo cuando tienes los medios: escoges una maestría en una de las disciplinas afines a tu formación o que no discrimine por ello; te aseguras de que el programa de estudios se encuentre respaldado por Conhacyt; cumples los requisitos que se exigen entre currículo, documentos probatorios necesarios, cartas de recomendación, etc.; realizas los exámenes correspondientes y esperas los resultados.

    Lo difícil, en mi caso, comienza cuando vives en un país como Cuba. Absolutamente todo el proceso es online y, desde hace bastantes años, el país atraviesa por una crisis energética, económica, financiera que afecta hasta los ámbitos menos pensados. Conectarse a Internet es un procedimiento que implica paciencia y fe; luego confías en que lo hagas en sitios que no bloqueen tu IP porque proviene de Cuba; de ser así, necesitas un VPN que enmascare tu procedencia y que diezme más la ya precaria velocidad de conexión. Cuando se hubo logrado, enviamos a legalizar —mi esposa y yo, siempre en plural, y personas que se irán incorporando— los títulos, certificaciones de notas y otros documentos imprescindibles al Ministerio de Relaciones Exteriores. Esto, por ese entonces, demoraba entre cuatro y seis meses aproximadamente en dependencia de los ánimos y los vientos que azotaran.

    Luego, agradeces a Dios por quienes envía a acompañarte. Desde mi experiencia, jamás diré que fui seleccionado a una beca por esfuerzo individual. Hubo muchos amigos que intervinieron. Algunos apoyaron con una laptop, otros agilizaron procesos, acceso a redes, pagaron los exámenes en México o garantizaron conectividad incluso fuera de horarios laborales. Nunca faltó el que daba ánimos, el que nos orientó paso a paso ni el que ayudó enseñándonos estadística y nos trajo una lámpara más grande, porque nos encontró estudiando en la oscuridad de un apagón acompañados únicamente por la luz del celular. Nunca faltaron las cartas que nos recomendaban, una plegaria a nuestro nombre, las promesas a los santos, una vela encendida en el corazón de Miami. Y quienes puedan verlo como exceso, entiendan que, todavía en 2025, una beca de estudios en el extranjero también es una esperanza para los cubanos que quieren escaparse de la isla.  

    De los esfuerzos más extraordinarios que recuerdo, lo realizó un exalumno de mi esposa cuando, en el peor de los momentos de disponibilidad energética, consiguió que no se le cotara la electricidad al lugar donde nos sometimos a casi cinco horas de examen. ¿Cómo? Jamás lo supimos bien, pero él pudo y lo hizo con un desinterés anónimo.

    El 17 de abril de 2024 recibí la notificación de que se me había aceptado en la Maestría en Demografía de El Colegio de México. Para ese momento, poco nos quedaba de la economía que habíamos planificado antes. Entonces volvieron a emerger los solidarios. El esposo de una tía que dijo, frente a mi titubeo, «¡¿Somos o no somos?!», y eso, entre cubanos, es una reafirmación de confianza tremenda; y el padre de mi esposa, que sacó los ahorros de la vida y me los encargó definitivamente: «A mí no me hace falta ese dineroA, y sabíamos que sí le hacía falta. El mejor de los amigos nos adelantó un buen monto para que la inflación del dólar no nos hundiera, y su hermana, la de la vela en Miami, pagó a mi nombre un pasaje de avión sin posibilidades de reintegro. También se nos cerraron algunas ventanas, pero la luz alcanza cuando la puerta es grande.

    El resto fue llegar a Ciudad de México, un monstruo urbano, rápido y voraz como son las grandes ciudades, pero también hermoso y acogedor. Debí esperar casi tres meses hasta que mi esposa pudo estar conmigo, y durante ese tiempo me apresuré a adaptarme a ser estudiante de El Colegio de México. Estudiar en el Colmex gracias a una beca Conahcyt ha dado un vuelco irreversible a mi formación académica, a mi vida personal. Las exigencias de la institución hicieron que superara límites intelectuales y que mi capacidad de razonamiento se reestructurara hacia un enfoque cuantitativo. Hasta hoy nunca he dejado de sentir una mezcla de placer y angustia en los estudios, insuflado por el estrés y los pequeños logros. He aprendido a superar las frustraciones, la decepción, el rigor, y he crecido muchísimo. Me he percatado de que ya no soy el genio sentado en medio de la sala, y también de que, gracias a Dios, por fin estoy en la sala correcta.

  • Q3

    Q3

    La verdad es que cuando comienzas a leer no tienes idea de la capacidad de la palabra para hacerte comprender la diferencia entre un texto justificado y la orientación espacio-temporal del narrador, quien se enfrenta a ti con una oración. Descubrir que la construcción del mundo está signada por la palabra puede ser un golpe similar a un infarto. La palabra encierra un silencio aterrador, dependiendo del lugar desde donde decidas esgrimirla. La ubicación de la palabra es tan o más importante que su significado. Por sí sola, la palabra posee un carisma mediático; todo en ella se construye impacientemente en el lenguaje. Recordar cada vez, en cada sílaba, sus órganos (algunos ya olvidados) es un acto de heroísmo. Una palabra que salva palabras y que solo puede explicarse mediante ella misma: acto reflejo del instinto comunicativo. Sobremesa idiolecta de tradición y entendimiento de las partes. Agua sorbida por el agua. Serpiente eslava.

    La operación de la palabra llega constipada; su verosimilitud depende del desembarco. El viaje se convierte en viraje solo si se desencadena. Una sola palabra en su contexto. Por eso pienso en los productores de palabras, aquellos que moldean lenguaje y escritura forzadamente, refinando y retorciendo esa cosa ambidiestra llamada realidad a través de sus palabras. Pienso en los pescadores de laguna y afirmo: desde que el mundo es mundo, solo la verdad puede salir de quien la inventa. No temo morir en la grafitada cuando ella desdeña el azul del perro que aún no ladra en una ciudad invasiva de sí misma. Ciudad urana, carcomiente, que no escapa de su expansión. La palabra, el silencio y los espacios: todo en uno. La capacidad de nuestra especie para transformar el misterio en arte.

    El silencio. No es la gota rebelde que se desangra en la ineptitud de la lluvia parisina, reflejada en la ventana alta del tragaluz. Tampoco la mirada arrolladora del militar que solo acude al teléfono cuando lo despiertan de la cuenta inmersiva de los segundos; ni el «noble» pendiente de su platería, con ojo más de cernícalo que de halcón americano, corrigiendo su viaje cronotópico al viejo continente; mucho menos el grito ahogado de quien, tras superar todos los obstáculos, se ve libre al otro lado de la puerta, sin saber qué hacer con esa libertad.

    El silencio en todos ellos y de todos ellos; aunque, latinoamericanamente, existe una duda trascendental. Muchos narradores de las historias mencionadas conceden que la duda es una arista secante para captar la atención del lector. En la duda, el silencio. Del silencio, la palabra.

    En espejo —ayer no lograba construir esto—, y por suerte, no es la única ruta que ha encontrado la humanidad para llegar a la belleza.

    Así, por una lado el narrador latino y el anglosajón abrazan la incertidumbre para crear expectativa, sumergiendo al lector en un trance que busca enraizarse en su psiquis y, desde allí, modificarlo; además de intentan ese «acercamiento» elusivo, y requieren el único contrato posible: «ven acá que te voy a contar algo»; y por el otro lado, la narración de la certeza.

    En mi modesta y casi nula experiencia lectora de títulos asiáticos —primero por las selecciones de las tres editoriales cubanas dedicadas a autores «xtranjeros», luego por páginas de descargas, grupos de WhatsApp y estadios de Telegram, y después por esas pequeñas validaciones cómicas de las redes sociales digitales— noté que la actitud del narrador asiático es opuesta a la del latino y el anglosajón.

    El narrador asiático no solo posee una intimidad transversal en sus textos, sino que parte desde el hecho y el saber. Para ellos, la verdad no se alcanza al final; se parte desde ella, y todo lo que sucede es ignorancia. Un lector «occidental» moderno enfrenta, al abrir una historia asiática, la certeza y el aburrimiento. Todo parte de que, para ellos, el misterio parece surgir de una contemplación inherente.

    Si aquí el centro es el teatro, allá es la poesía. Drama contra éxtasis: ese es el hueco.

    Para el narrador asiático, reina la subjetividad elusiva, el velo de ambigüedad que prioriza la belleza estética sobre la trama lineal. En la tradición japonesa, la primera persona introspectiva observa la soledad humana con una neutralidad metanarrativa, como en los cuentos de Murakami. En la literatura china, el narrador emerge de anécdotas biográficas y cuentos fantasmales, heredero de Confucio y Lao-Tsé, practicando una alegoría filosófica, omnisciente pero irónica, revelando dilemas morales con símbolos y flashbacks no lineales. Prima la fluidez contemplativa: el «cómo» sobre el «qué», la belleza del instante sobre el clímax.

    Heme en la palabra una vocación.

    El lector inquieto se debate entre la duda y la certeza, siendo el único que sabe cuándo prescindir de una u otra tentación.

    El narrador de la duda —ese agonista perpetuo, tardío occidental cargado de ansiedad shakespeariana, que desvía el canon desde los ecos homéricos hasta el balbuceo beckettiano, malinterpretando creativamente a sus precursores, no para afirmar una certeza, sino para profundizar el abismo de la conciencia— fragmenta la tradición en una kenosis humilde, revelando la belatedness del genio individual como éxtasis de incertidumbre. Frente a él, el narrador de la certeza asiático, humilde kenosis zen, no busca la permanencia estética mediante la confrontación, sino que sugiere lo inefable en un continuo de armonía, desviando el río precursor —de Confucio a Kawabata— hacia un silencio contemplativo donde la duda es un velo, no una herida, tras el cual late la totalidad cósmica, donde los ancestros regresan como ecos reconciliados. Esta dicotomía es el pulso del canon global: el Occidente, erigiendo la duda como sublime cognitivo, y el Oriente, purgándola en busca de una certeza expandida y fluida, disolviendo el yo en el todo.

    Miremos primero al narrador de la duda en su triple encarnación: el latino, heredero cervantino de la ironía quijotesca, que desvió el epicismo virgiliano no para glorificarlo, sino para parodiarlo en un hidalgo famélico luchando contra molinos, donde el narrador extradiégético, omnisciente e irónico, inyecta duda en la verosimilitud misma del relato. En Cervantes, el narrador cuestiona, no afirma; comete una exquisita desviación respecto del narrador homérico, llevando la realidad a disolverse en ficción, invitando al lector a co-crear el caos. La duda latina resuena con fuerza, eco de Séneca leído por Quevedo, donde el ingenio no resuelve el enigma, sino que lo profundiza.

    El narrador anglosajón, puritano tardío, agoniza con Milton en el Paraíso Perdido —donde la caída adámica se convierte en epifanía de la libertad humana—. En Defoe o Fielding, la primera persona focalizada desvía la omnisciencia de Tolstói hacia un realismo dubitativo, donde la certeza moral es un espejismo, elevada en la ambigüedad social de Dickens. En Shakespeare, la duda es centro: el soliloquio hamletiano no narra una fábula, sino que desvía el canon entero hacia un «ser o no ser» que purga la certeza trágica en vacío existencial, invitando al espectador a llenar el silencio con agonía propia. La conciencia dubitativa shakespeareana expande el canon hacia lo moderno.

    En cambio, el narrador de la certeza asiático —ese desvío oriental frente a la tiranía occidental de la duda— disuelve el logos platónico en una armonía sugerente.

    En Murasaki Shikibu, el narrador de Genji monogatari afirma una certeza estética que purga la duda cervantina: no hay molinos ilusorios, sino relaciones cortesanas tejidas en imaginería vívida, mostrando la transitoriedad sin agonía, expandiendo la conciencia hacia lo inefable del instante. En Lu Xun, el narrador de la certeza irrumpe como ironía que transforma el confucianismo clásico en una fábula fantasmagórica, sugiriendo lo inefable de la revolución sin clímax shakespeariano. En Murakami, el narrador confiesa alteraciones factuales para afirmar una certeza metafísica, invitando al lector a la co-creación armónica, expandiendo la mente hacia la alienación sin resentimiento.

    La dialéctica entre duda y certeza: el narrador latino-anglosajón, en su desviación del canon grecolatino, erige la incertidumbre como fuerza original, forjando la modernidad novelesca donde la duda es el pulso de la permanencia. El asiático lleva el mismo canon hacia una certeza sugerente, disolviendo el yo en el todo cósmico, como Kawabata en País de nieve, donde la belleza efímera se afirma sin clímax. Ninguno desplaza al otro —Shakespeare permanece centro—, pero juntos enriquecen el canon: la duda occidental como poder creador; la certeza asiática, humildad del sublime no dicho. Lea, no por didactismo narratológico, sino por la pasión del agon eterno: en esta comparación late la lucha por inmortalizarse, donde el narrador, sea de duda o certeza, nos enseña a danzar en el abismo o a contemplarlo en silencio.

    En este horizonte movedizo, el lector ya no es únicamente testigo ni juez, sino partícipe de la creación y la oscilación de sentidos. La experiencia literaria se convierte, entonces, en un acto de apertura: leer es dejarse permear por los ecos de tradiciones que, aunque distantes, dialogan en el murmullo universal de lo humano. Esta travesía no busca anclajes definitivos, sino la hospitalidad de las fronteras porosas, donde la identidad se despliega y se repliega a cada página, modulando su vibrato entre la contemplación serena y el temblor de la duda. Quizá la mayor riqueza del canon global no resida en las respuestas, sino en esa disposición a dejarse transformar, a habitar el umbral, a reconocer que cada lectura es un puente efímero hacia la alteridad y, al mismo tiempo, un regreso íntimo al enigma de quienes somos.

    · latecomer: Literalmente “recién llegado” o “tardío”. En la crítica literaria de Harold Bloom, se refiere al escritor que llega después de sus grandes precursores y debe lidiar con el peso de esa tradición, a menudo sintiéndose “atrasado” respecto a ellos.

    · belatedness: “Tardanza”, “carácter tardío”. Es la condición del autor que crea en una época posterior a los grandes modelos, sintiendo que su originalidad está marcada por llegar después, lo que genera ansiedad y creatividad en el proceso de escritura.

    · swervearlo: Neologismo derivado de “swerve” (desviarse, torcer). En Bloom, “swerve” (clinamen) es el giro creativo por el cual un autor se aparta de su precursor para encontrar su propia voz. “Swervearlo” sería entonces desviar, reinterpretar creativamente la tradición.

    · clinamen: Término tomado de la filosofía atomista de Lucrecio; significa un pequeño desvío espontáneo. Bloom lo usa para describir el giro creativo que permite al escritor diferenciarse de sus precursores, iniciando su propia originalidad.

    · daemonization / daemoniza / daemonization / daemonization: Del inglés “daemonization”, proceso por el cual el escritor transforma la influencia de sus precursores en una fuerza casi demoníaca, rivalizando o superando creativamente esa influencia. “Daemoniza” sería “demoniza” o “transforma en demonio”, pero aquí se usa en sentido metafórico, como impulso creativo rivalizante.

    · swerveado: Adaptación del inglés “swerved”, desviado. Hace referencia al texto o autor que ha realizado ese giro creativo respecto a la tradición, reinterpretando y apartándose de su precursor.

    Todos estos términos provienen de la teoría de la influencia poética de Harold Bloom, especialmente de su libro “The Anxiety of Influence” (La angustia de la influencia), donde analiza cómo los escritores luchan simbólicamente con sus precursores para afirmar su propia originalidad.

  • Documentos auditables

    Documentos auditables

    Por: Abel Guelmes Roblejo

    Cuando uno llega nuevo a una casa, debe adaptarse a las costumbres locales. Eso es una ley universal, no escrita, pero cierta. Desde el día que llegué a La Cerquita he bebido de todo el conocimiento que me han compartido. Sobre todo, por parte de mi mujer, Clara; quien, al estar la mayor cantidad de tiempo a mi lado, se puede decir que es mi guía especializada en esta nueva aventura.

    No obstante, hay cosas a las que no he logrado ni comprender, ni acostumbrarme. Puedo entender que le rindan culto a la Diosa de la Guacamaya (la de la mata de plátano, no el ave) y otra cosa bien diferente es… mejor le explico.

    Llevo muy poco tiempo con mi mujer y aún estamos conociéndonos, por lo que siempre buscamos protegernos al tener sexo. Pero los condones están desaparecidos. Yo tenía una reserva que, sumado a la que ella tenía, nos ha durado hasta ahora, pero ya se nos agotaron. 

    Así que decidí reponerlos o mis noches iban a ser más aburridas que una carrera de babosas. Como caídos del cielo, un día que paseaba por el boulevard, encontré un puesto donde vendían inciensos, hierbas, piedras raras, animales y otros objetos, pero, que además la joven vendedora tenía una repleta de preservativos ¡Y de los buenos! Así que, me acerqué a preguntarle el precio. Que debían ser muy caros para que en aquel lugar no estuviera medio pueblo haciendo cola.

    —Son gratis. Esto lo garantiza el estado para cuidarnos la salud. Usted sabe lo peligrosas que son las ETS.

    —Muchacha, sí, eso es lo peor. Bueno, ¿cuántos me puede dar?

    —Una tirita de tres.

    —¿Una sola? Linda, no podrías darme tres o cuatro tiritas. Yo te las pago.

    —No. Qué va. Si me cogen en esto me queman en la hoguera. No puedo arriesgarme. Lo que sí puede hacer es darme el número de identidad de su esposa y yo le firmo por ella.

    —Perfecto.

    Y así lo hicimos. Yo firmé, puse el nombre y datos de mi mujer para que la joven me diera los gloriosos seis condones.

    —Ahora, deme su número de teléfono, una muestra de sangre y présteme su carnet, para tomar el tomo y folio para completar esta planilla.

    —¿En serio? Mire que hacen cosas raras hoy en día.

    Le dije, pero por tal de salir de eso e irme a la casa, se lo di.

    —El problema es que todo esto —dijo señalando a los papeles y preservativos—, es auditable. Necesitamos sus datos y la muestra de sangre para darle seguimiento al proceso. Necesito que, cuando utilice los condones, no bote el sobre vacío. Tengo que corroborar que cada número de serie registrado en ellos, haya sido utilizado. 

    —¿Cómo?

    —Sí. Una vez que tenga relaciones sexuales, en el transcurso de las setenta y dos horas posteriores, debe volver para acá y…

    —¿Usted está hablando en serio? —pregunté mirando a los alrededores, por si era una cámara oculta, pero no lo era.

    —Claro que es en serio. Mire, señor, yo solo cumplo con las orientaciones de mis superioras. ¿Quiere los preservativos o no? 

    Ya me había pinchado el dedo para la sangre y le había dado mis datos y, lo peor, es que aún estaba sin preservativos.

    — Por cierto, ¿su pareja es hombre, mujer o de otro tipo?

    —Mujer. Claro que mujer… ¿qué otro tipo hay? —demoré en asimilar esto último.

    —No sé. Alguno debe haber si lo preguntan en la planilla. En fin, debe declarar con anterioridad el nombre de con quién va a ser utilizado cada preservativo.

    —Es que esto es absurdo… —comencé a decir, pero ella no escuchó y continuaba leyéndome la planilla.

    —Luego debe buscar un testigo que corrobore que el preservativo fue utilizado con la persona que declaró.

    —Ya esto es el colmo. ¿Cómo pretende que haga esto? ¿A trío?

    —Eso no se lo puedo decir, señor. Solo que no a trío. Si va a hacer un trío, cuarteto, intercambio de parejas, orgía o sexo de cualquier otro tipo en el que intervenga más de una persona, debe declararlo también y eso conllevaría otra planilla diferente. ¿Se la busco?

    A ver, jefe, en ese entonces creí que ya era una broma pesada por su parte. Tenía que serlo, así que decidí seguirle la corriente y le dije buscaría testigos para que den fe del uso de los preservativos. En fin de cuentas, una vez que me fuera de ahí, no volverían a verme otra vez, a no ser que regresara a buscar más.

    La joven terminó de llenar la planilla, pasó los condones por una roca, un escáner, anotó algo que salió en la pantalla y me los entregó. Di las gracias y casi que me voy corriendo de allá. Si no fuera porque andaba desesperado por la falta de preservativos, la hubiera mandado bien lejos. Pero soy nuevo en la ciudad y tengo que adaptarme a sus leyes, por raras que sean (aunque no las cumpla). A decir verdad, esto es lo más absurdo que he vivido hasta el momento. Y yo que creía que La Cerquita escapaba de esta cualidad innata de mi ciudad de origen; pero no. 

    Y si eso hubiera sido todo, no le estuviera enviando esta carta. No tenía a nadie con quien conversarlo y si no lo escribía, reventaba. 

    Sucede que aquella tarde llegué a la casa y me dije “estos se estrenan hoy”. Ya que aquel mal rato no podía haber sido por gusto. Y así fue. En la noche, mi mujer y yo comenzamos a acariciarnos, ya sabe, una cosa lleva a la otra y la otra nos llevó a la cama. 

    Le juro que al abrir el preservativo perdí un poco la concentración, ya que no sabía si botarlo a la basura o guardarlo. Fíjese que Clara me preguntó si había algún problema. Enseguida le dije que no y boté el sobre vacío. 

    Todo fue de maravillas, no puedo decir otra cosa. Al terminar, teníamos tanta hambre que nos preparamos una merienda nocturna y luego nos quedamos dormidos. De pronto, a media noche, suena el teléfono y lo descuelgo, aún sin despertarme del todo. 

    —¿El señor Ignacio?

    —Sí, dígame. ¿Qué pasa?

    —Le llamamos porque recibimos la notificación que ha utilizado dos de los seis preservativos. Necesitamos que mañana en la mañana se presente con los dos testigos y con los sobres vacíos en nuestra oficina central.

    —Pero, ¿cómo rayos ustedes saben…? —Me levanté con cuidado y me fui a la sala, para no despertar a Clara— De dónde yo… No puedo, boté los sobres —terminé diciendo, resignado, ya despierto del todo.

    —Nuestra geolocalización dice que están en el cesto del baño, debajo de unas toallitas húmedas. ¿Quiere que lo guíe? 

    —Miren, váyanse al carajo. Mañana les llevaré los sobres, testigos y hasta los cuatro condones sin usar, pero déjenme tranquilos y no vuelvan a llamarme o no respondo de mí.

    Orgulloso por aquel exabrupto, pero también un poco asustado, colgué la llamada y puse el teléfono sobre la mesa de noche. Y, ya, cuando iba a regresar a dormir, el teléfono se encendió y vi un mensaje que decía.

    Al colgar no nos dio tiempo de informarle que también necesitamos los preservativos utilizados con la evidencia adentro de que fue usado para y con quién declaró que sería usado. No sé si me entiende. Le recuerdo que todo esto, señor, lamentablemente, es auditable.

  • El cliente no siempre tiene la razón

    El cliente no siempre tiene la razón

    Lo más complejo para un editor de libros, y textos en general, no es tener que trabajar a «picotazos», ya sea porque nadie te conoce, o porque los trabajos que puedes conseguir carecen de la confianza de las personas que te contratan, sobre todo cuando el trabajo es más de corrección que de edición. No, lo más difícil para un editor de libros es ver cómo trabajas para editoriales disfrazadas de imprentas, o aquellas de autopublicación a las que solo les importa una cosa: cobrar.

    Muchos clientes (llamémosle al escritor también por lo que es en tal escenario) al carecer de conocimiento técnico sobre la edición o corrección, consideran que su percepción personal es la que debe prevalecer, dejando de lado el criterio profesional. Esto no significa que sus opiniones no sean valiosas, pero cuando la subjetividad se impone sobre el conocimiento y la experiencia, el resultado puede ser un «producto», cuando menos inconsistente, con errores, dudosa calidad o con esos añadidos que los autores creen que deben ir en su texto. Aquí es donde el mantra de que «el cliente siempre tiene la razón» se convierte en una trampa para quien intenta ofrecer un trabajo bien hecho.

    El cliente, muchas veces, interpreta que la edición o corrección es una actividad mecánica, cuando en realidad es una tarea que requiere un equilibrio entre técnica, sensibilidad y comprensión del contenido, el respeto a las reglas de manual (al menos en el caso de la bibliografía que no todos saben manejar). No basta con que el texto «suene, se vea, o le parezca bonito» o que se respete cada idea tal como el autor la plasmó; también hay reglas gramaticales, coherencia narrativa, entre otros aspectos técnicos que, si no se cuidan, pueden arruinar la credibilidad de una obra. Sin embargo, cuando el cliente decide ignorar estas recomendaciones porque «yo lo quiero así», el trabajo del editor pierde sentido, en particular después de las horas dedicadas al texto en sí y al respeto hacia determinadas normas.

    Sumémosle la cuestión del ego. Para muchos autores, entregar su texto para revisión es un acto de vulnerabilidad, y aunque es absolutamente natural que sientan la necesidad de defender su creación, sucede que, en lugar de trabajar de la mano con el editor como un colaborador, algunos clientes lo ven como un adversario que está ahí para «destruir» su obra. Esto no solo genera tensiones, sino que hace peligrar el resultado final, pues el texto acaba reflejando más las inseguridades del autor que el propósito para el cual fue escrito. Además, este tipo de actitud por parte del autor, termina dañando la imagen del editor o corrector que trabajaron a pie juntillas.

    Finalmente, el editor no está ahí para complacer caprichos, sino para garantizar calidad. En este sentido, decirle «no» a un cliente, aunque sea incómodo, es una demostración de profesionalismo. Un editor debe ser honesto sobre lo que necesita el texto, incluso si eso significa contradecir al autor. Porque, al final del día, un cliente satisfecho con un producto mediocre no ayuda a nadie: ni al autor, ni al editor, ni al público que lo leerá, y esto último es lo que muchas de las editoriales de #autopublicación no respetan del todo, de ahí que el cliente no siempre tenga la razón.

    Entender que la razón no siempre es del cliente, es clave para construir relaciones más saludables y resultados de mejor calidad en cualquier industria, pero en especial en una tan delicada como la edición. Por lo que, autores, editores y editoriales de autopublicación, ¿no será hora de revisar?

  • ¿Realmente se ahorra al maquetar en Word?

    ¿Realmente se ahorra al maquetar en Word?

    Es cierto que costear un servicio de maquetación profesional es caro, y que muchos #escritores prefieren ahorrárselo haciendo este trabajo en Word. Sin embargo, se imponen aquí dos principios fundamentales:

    1. Ser escritor no los hace maquetadores.

    2. Maquetar en Word puede salir bien (ajustándote a reglas básicas), pero hacerlo ahorra costes, no calidad.

    Se torna imprescindible entender que maquetar no es solo el proceso de colocar el texto en una página. Implica una combinación de técnicas de diseño, conocimiento de tipografía, márgenes, interlineado y otros detalles visuales que aseguran que el contenido sea #legible, atractivo y profesional. No solo se trata de hacer que el texto se vea bien implica, además, asegurarse de que el contenido fluya de manera natural, sin interrupciones visuales ni distracciones. Un maquetador profesional entiende cómo guiar la vista del lector a través de la página, utilizando elementos como los márgenes, el espaciado y las imágenes de manera que todo funcione en conjunto.

    Otro aspecto importante de la #maquetación es la integración de imágenes y gráficos. Si bien Word puede permitirte insertar imágenes, su control sobre el tamaño, la colocación y la alineación es limitado. Un maquetador estudia cómo integrar imágenes de manera que complementen el texto, sin sobrecargar la página ni romper la armonía visual. Las imágenes no deben ser solo decorativas, sino que deben tener un propósito dentro del contexto de la obra.

    Además de las imágenes, las tablas, cuadros y diagramas también son elementos que se deben maquetar con cuidado. En muchos casos, los escritores incluyen estos elementos sin tener en cuenta su disposición en la página o su impacto en la experiencia del lector. Un maquetador profesional organiza estos elementos para que no interfieran con la fluidez del texto, asegurándose de que todo esté en su lugar y que cada sección tenga el espacio que necesita.

    Otro factor a considerar es la calidad de impresión. Si planeas imprimir tu libro, debes tener en cuenta que la maquetación no solo afecta al formato digital, sino también a la impresión física. Los márgenes, la sangría y el interlineado son cruciales para evitar que el texto se corte o se vea desproporcionado.

    La maquetación: Este tipo de detalles requiere años de experiencia, algo que es difícil de lograr con un simple procesador de textos como Word, e incluso maquetadores profesionales muchas veces tienen que estudiar de manera constante, con situaciones diversas que surgen durante la maquetación. Por supuesto, muchos de estos aspectos son intuitivos para muchos autores, quienes al no tener una formación especializada, pueden acabar creando un documento que, aunque funcional, no tiene el impacto visual que un libro bien maquetado debería tener.

    Cuando los autores deciden hacer la maquetación por cuenta propia, siempre bajo el consabido pretexto de: total, puedo hacerlo yo y no tengo que pagarle a nadie, pueden estar perdiendo de vista detalles cruciales, como la numeración de páginas, secciones de contenido, cabeceras y pies de página, o algo tan sencillo como la generación de una Tabla de Contenidos. Detalles que, aunque parezcan menores, son fundamentales para la estructura del libro y para ayudar al lector a navegar por el texto de manera fluida.

    Es fácil subestimar la importancia de la #maquetación. Al final, el aspecto visual es lo primero que el lector nota, y si el libro no tiene una presentación profesional, puede que pierdan lectores potenciales antes de que siquiera empiecen a leer. Cuando se contrata la maquetación, no solo se está pagando por el formato final del #libro, sino por la experiencia y los conocimientos que aporta el maquetador, quien domina cómo dar un flujo visual a las páginas, resaltar lo importante y cómo utilizar los recursos gráficos de manera efectiva.

    Ahorrar en la #maquetación es tentador, pero invertir en una maquetación profesional, dejarse guiar, ir mano a mano con el editor, corrector, el maquetador y finalmente que el trabajo grupal sea efectivo, ya que son correlativos, asegurará la calidad estética final de la obra. Al final, el coste no es más que una pequeña garantía de éxito a largo plazo.

    Ahora es tiempo de preguntarse: ¿mejor una maquetación propia que una profesional y colegiada? La decisión es tuya, pero recuerden que en la que luce una obra terminada es tan importante como su contenido. Razonen.

  • ¿𝗤𝘂𝗶𝗲́𝗻 𝘀𝗮𝗹𝘃𝗮 𝗮 𝗾𝘂𝗶𝗲́𝗻?

    ¿𝗤𝘂𝗶𝗲́𝗻 𝘀𝗮𝗹𝘃𝗮 𝗮 𝗾𝘂𝗶𝗲́𝗻?

    He visto lo mucho que se habla del editor. Sin embargo, a veces olvidamos (quien se dedica a ello lo sabe), que no siempre es tan placentero como parece. Mucha malcriadez de #escritor hay que soportar, incluso aunque no sea del agrado de quien trabaja con ellos. Se hace cuesta arriba, más si ese mismo escritor, ha tenido detrás una obra literaria que lo avala, pero olvidamos la figura clave: el editor, el corrector, el maquetista o diagramador.
    Sobre todo olvidamos, en ocasiones, las incontables vicisitudes que ese mismo editor ha tenido que atravesar después de recibir un texto que de primeras, puede ser 𝗳𝗮𝗿𝗿𝗮𝗴𝗼𝘀𝗼, 𝗹𝗹𝗲𝗻𝗼 𝗱𝗲 𝗴𝗮𝗹𝗶𝗺𝗮𝘁í𝗮𝘀, o sencillamente, de f𝗮𝗹𝘁𝗮𝘀 𝗼𝗿𝘁𝗼𝗴𝗿𝗮́𝗳𝗶𝗰𝗮𝘀; pero ya sabemos que el editor no está nunca para hundir la obra, sino para hacer por ella la inmersión más profunda que la haga resurgir. También se olvidan algunos, que el camino editorial está plagado de 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲𝘀𝗶𝗷𝗼𝘀 𝘆 𝗰𝗼𝗺𝗽𝗹𝗶𝗰𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 a lo largo del proceso.
    También olvidamos la independencia que a veces necesita un editor, que el libro, además de arte, es un bien producto cultural, aunque nada de eso lo priva de ser mercancía, y hay que venderlo, a pesar de que no resulte redituable en todos los casos. En los tiempos actuales, algunos autores e instituciones, a veces olvidan esto, cuentas aparte.
    De esto va 𝘉𝘦𝘴𝘵 𝘚𝘦𝘭𝘭𝘦𝘳, una película (2021) dirigida por: Lina Roessler, y un reparto que le honra (𝘔𝘪𝘤𝘩𝘢𝘦𝘭 𝘊𝘢𝘪𝘯𝘦, 𝘈𝘶𝘣𝘳𝘦𝘺 𝘗𝘭𝘢𝘻𝘢, 𝘚𝘤𝘰𝘵𝘵 𝘚𝑝𝘦𝘦𝘥𝘮𝘢𝘯. 𝘌𝘭𝘭𝘦𝘯 W𝘰𝘯𝘨, 𝘊𝘢𝘳𝘺 𝘌𝘭𝘸𝘦𝘴, 𝘓𝘶𝘤 𝘔𝘰𝘳𝘳𝘪𝘴𝘦𝘵𝘵𝘦, 𝘝𝘦𝘳𝘰́𝘯𝘪𝘤𝘢 𝘍𝘦𝘳𝘳𝘦𝘴, 𝘍𝘳𝘢𝘯𝘬 𝘚𝘤𝘩𝘰𝘳𝑝𝘪𝘰𝘯). De cualquier forma, todo se trata de una muchacha que: “A fin de salvar la editorial de su padre, una aspirante a editora acompaña a un solitario autor en un viaje promocional que les cambiará a ambos como nunca imaginaron”. Clasificada como una película de género dramático, comedia, e independiente, saca a la luz vericuetos del trabajo editorial que disímiles autores desconocen.
    Más allá de la comedia, el trasfondo que deja ver tanto la presa como la jaula, plantea una idea de fondo para considerar: Todo el que se dice editor, ¿edita realmente? ¿En quién reside el éxito en una época de aparente sequía? ¿Cuánto sobrevive una editorial sin sus autores? Ahí reside, en mi humilde opinión, una hipótesis a descubrir.
    Ojalá y sea útil.