Blog

  • Con todo este resplandor recién descubierto, de autor desconocido

    Con todo este resplandor recién descubierto, de autor desconocido

    Nunca he sabido si entrevistar a alguien que admiras, además de aportar valor, evita regresar inmediatamente a un pasado literario compartido, a experiencias y momentos que de a poco fueron asentándose en la memoria. Con los años releer los versos de esa persona, hace ineludible un antes y después para comprobar, en efecto, que también fuiste partícipe de una historia con muchas más luces que sombras.

    Ernesto Ortiz Hernández comparte algunas reflexiones que, si bien dignas de una hermenéutica de la que cualquiera podría apropiarse, son muy suyas, distantes y distintas, aunque sobre todo originales.   

    Si un poema y una función de código tuvieran que compartir una sola virtud, ¿cuál sería, para ti, esa virtud común?

    Un filósofo diría que las virtudes son propias de personas, es decir, de entes morales; mientras que un poeta, siempre dispuesto a dialogar con los astros o con una palangana, entraría de inmediato al ruedo de tales inquietudes. Pero antes, a fuerza de intentar aproximarme al asunto en primera persona, reitero lo que te comenté al recibir estas preguntas: no me reconozco como un receptor propicio (cuestión que inevitablemente se resolverá pronto), si bien detecto en este conjunto de espejos al que me enfrentas algunos guiños o reflejos propios.

    En principio parece difícil considerar alguna «virtud» en una función, tan definidas ellas, tan precisamente determinadas en su propia naturaleza, esto es: dada la ejemplar correspondencia (no siempre unívoca) con aquello que modelan o descifran. Pero sin dudarlo demasiado te contesto: la simplicidad y elegancia; podríamos decir, en suma: la humildad. Es humilde la famosa ecuación de Einstein que se ve sobre cualquier pizarrón de colegio, entre los últimos estertores de una tiza; lo es la simpar identidad de Euler, cuya belleza recuerdan y alaban todos los matemáticos antes del desayuno. Imagino a ambas claramente impresas en las camisetas negras con que las jóvenes marchan a ejercitarse al gym, y me digo: qué maravilla de mundo…

    La humildad, entendida al modo platónico, es también, desde luego, deseable en un poema. Ese reconocimiento de la propia ignorancia y el intentar desdeñar cualquier ostentación; esa sabiduría de reconocer los límites y alcances, y aceptar la realidad lo mejor que se pueda. Así, autor y poema, por la mera relación, por transferencia, sospechan tanto del vigor de su construcción como de las grietas aún invisibles. Identificados, en el mutuo proceso, tanto con aquel regio arquitecto cargando sus cartabones y planos enrollados como con este peón de albañil, que interrumpe un rato largo su labor y admira, por el hueco de la futura ventana, a la muchacha con esa camiseta negra, que regresa del gym.

     

    ¿Hay algún concepto de física —simetría, entropía, campo, umbral— que uses o casi hayas utilizado como regla de composición cuando construyes una imagen poética, aunque el lector nunca llegue a identificar su origen?

    Seguramente en algún momento soñaste con cierto poema en el que te regodeabas, como sobre un lecho con la sábana recién lavada, una fragancia que en esos reinos parecía tan potente, definitiva y bella, pero que al despertar eres incapaz siquiera de recordar; y si acaso algo recuperas, el resultado es una triste sombra, en ocasiones ridícula o sin sentido, de aquella presencia con la que tratabas unos minutos antes.

    Mi relación actual con la física es igual de distraída. Y así, me anima e inspira cuando recitas tales palabras: simetría, entropía, campo, umbral…, como si quisiera recuperar aquel sueño ido. Desde luego, escogiste unos términos que tienen una clara relación con la «composición»; pero no como conjunto de reglas, no como un método sino como fundamento.

    Porque un poema, como la creación toda, parece algo «todavía en proceso», no diría que inacabado en sentido neto, pero sí sujeto a la interacción y a un intercambio esencial, que lo mismo acumula paradojas que desvela naturalezas. Un poema en una gaveta tiene más estados y posibilidades que el gato de Schrödinger; porque imaginamos siempre un gato que puede sustituirse por otro sin que el experimento sufra, por ejemplo: el gato de Poe. El mismo gato arquetípico que, incluso, puede mencionarse en algún verso del poema engavetado. ¿Y cómo podría erigirse «un modelo» de poema, cómo reducir todos los accidentes y posibilidades de un poema en un único objeto simple y controlado? ¿Y cómo impedir que cualquier poema que esté aquí encerrado no sea otro poema, todos los poemas y ninguno en particular, ya sea que nunca se haya impreso, ya sea que se haya consumado su lectura ante un selecto público?

    Entonces, ¿qué sería, por ejemplo, un poema entrópico? Comienza con un destello, una explosión de palabras arremolinadas que van ocupando todos los niveles de significados, confusión al inicio, expansiones luego, ralentizadas para escoger esta dirección y sentido, aquella letra o palabra, un verso preciso, este significado en su estructura (azarosa o construida), como piezas sobre la cinta transportadora ante el operario que en su oscuro taller observa, y contribuye. Tal estadio es más evidente quizá en la poesía concreta o visual, cuando el espacio se muestra y el océano de las palabras aún mantiene su retumbe y oleaje. Y al momento en que todo adquiere coherencia, cuando ante tus ojos se despliega la definición mejor, en un instante apenas: la tangente de la fuga retorna, antes del lezamiano lamento: «ah, que tú escapes», que rebota y prosigue. Hacia el éter de las palabras casi desvanecido, a la espuma rumorosa, el mero impulso trastocado en la inasible presencia de las distancias, debilitada toda relación previa en el eco de la inmensidad dominante. El silencio, finalmente. Que no es vacío, que tiene su propia potencia: la de la hoja en blanco; y que un buen día, luego del olvido, después de la tercera o cuarta cerveza, al paso de cierto perfume, en la insistencia de aquel anhelo, de aquella rememoración, regresa de pronto con todo su barullo primigenio. Y así hasta que escribamos otro verso o nos marchemos tranquilamente a casa.

     

    La física trabaja con leyes que no admiten excepciones; la poesía vive de la excepción y la ambigüedad. ¿Cómo convive eso en tu proceso de escritura: sientes una tensión real entre ambas lógicas o encuentras que en el fondo comparten un mismo instinto de precisión?

    En todas partes encuentro siempre ambigüedades: son como las virutas que señalan el cumplido trabajo del cepillo o la garlopa, por así decir. A la perfección que muestra un ebanista o un químico, se llega siempre por desbroce.

    Ya sea ante un fenómeno físico o ante una poesía, estamos compelidos por nuestra naturaleza intelectiva a desentrañar, a escoger un enfoque, un marco, una interpretación que resulte más adecuada para desvelar la cosa en sí, para, en suma, encontrar en la espesura una regularidad o una expresión, precisas, y que no requieran meprobamato. Porque si hay algún principio común a ambas vías es la navaja de Ockham, tan engañosa en su simplicidad como un sofá de Ikea.

    Y siempre hay excepciones, desde luego; de otra manera no se avanza, sino que simplemente se sigue un cauce. La excepción es como el hiato de nuestra incapacidad admitida: un buen primer paso para superar cualquier traba, acuciados. Dicho de otra manera: dada la complejidad de las cosas y la vastedad de nuestra ignorancia: siempre hay determinadas condiciones que deben cumplirse para que un resultado sea siempre aquel que se prescribe. Aquí la ciencia es quien más claramente muestra tamaña pretensión, que es más voluble de lo que suele admitirse (incluso por parte de su instrumento más fiable, que son las matemáticas); encontrándose también con el muro de las excepciones en algún momento, en límites o singularidades inevitables.

    Cada cual, en cualquier caso, y en mayor o menor medida, sufre el embate de sus propias excepciones y ambigüedades. Así, para el científico y el poeta, el divertimento está más en la pregunta que en la respuesta, más en el proceso que en el resultado final, en la indagación más que en la certeza; porque ambos requieren poder hacer comprensible aquello que, al menos en parte, parece dominado. No observo tensión en absoluto; salvo la del estimulante descubrimiento de que cada victoriosa batalla parece, en cierto modo, inconclusa.

     

    Siempre te has dedicado a la literatura, pero como forma colateral también a la programación (en varios aspectos de la informática). Cuando programas, piensas en estructuras, bucles, condicionales. ¿Alguna vez has organizado un poemario —el orden de los poemas, sus secciones— con una lógica que reconocerías como «algorítmica» si la vieras en un diagrama de flujo?

    «Colateral» parece un magnífico epitafio; dicho sea de paso. Buena parte de mi vida, en los años más fructíferos, en Cuba, estuve empujado continuamente hacia los márgenes, como sabes. No lo lamento, porque fue el resultado de una justa rebelión, pero desorganizó por completo mis hábitos. En una breve etapa me dediqué a impartir clases, en otra vagué como paria o desempleado, en otra tuve que trabajar en el campo, en otra me incliné hacia la programación (recuerdo con cariño las ediciones DVDs multimedia del todo novedosas que hicimos por aquel entonces), en otra me aboqué a cuestiones de corrección y edición, en otra me arrimé a talleres creativos, etc.; iba de esta esquina hasta la de más allá, como un boxeador golpeado continuamente por las circunstancias o la necesidad, a veces simultaneando esto y aquello. Incluso cuando finalmente salimos de Cuba, especialmente en los primeros años en España, toda esa inestabilidad continuó acompañándome. Lo bueno es que asumí cada momento con el mejor ánimo que pude, y que tengo varios palos que tocar si la suerte no acompaña, por así decir.

    Entonces, esa dedicación que mencionas puede ser discutible. Aunque, desde luego, admito que algunos puntos pueden unirse y que el gráfico resultante parecería extenderse en todo el eje para la poesía o la literatura. De manera notable en los años que compartimos, en la isla. Como siempre constato: me estimula mucho la cercanía, las visitaciones y el trato con otros creadores; pero por algún motivo me mantengo aislado. Entonces, ¿qué método podría, consecuentemente, desarrollar? Mi ritmo creativo es completamente inconstante e inasible; simplemente cuando tengo ganas, garabateo algo. Y todo parece más o menos admisible hasta que me planteo reunir los poemas así desperdigados en un libro.

    Por suerte tuve la ayuda del animoso poeta Juan Carlos Valls, nuestro más cercano miglior fabbro de aquella época, para empaquetar Obelisco del hereje, mi primer libro, y enviarlo a un concurso en Argentina. La sorpresa de su publicación me animó a ensartar (como hojas de tabaco en un cuje) otros poemas en mi segundo libro, noche interior noche ciudad, que ganó un concurso en nuestro terruño, el Hermanos Loynaz. No establecí aquí un orden que pudiese llamar consciente o metódico, si acaso: intuitivo. El tercer libro, Fragmentos del ojo, debía naturalmente dividirse en dos secciones, pues la segunda parte era formalmente diferente, inspirada como estaba en las jaiquillas que por entonces descubríamos de nuestro querido poeta vallisoletano Antonio Piedra; así, simplemente di título al conjunto y a sus partes (que tampoco es moco de pavo). Este tercer libro era precioso para mí por las circunstancias de su publicación y por otros disímiles motivos. Uno de estos fue que al camagüeyano Rafael Almanza, ese intelectual y poeta cabal, le encantó (ay, por entonces ninguno de nosotros, prudentemente, llevaba luengas barbas), y me comentó acerca de poemas que él no habría incluido y alguna que otra disposición que cambiaría. No sabes cuánto agradezco, Amaury, haberme encontrado con todos esos creadores tan insignes y estimulantes; únicamente lamento ser lento para aprender y tozudo como nadie.

    Ocurrió también con el cuarto libro, cuyos poemas seleccioné, ensarté y puse a secar, cuyas venas luego limpié, y que rellené, remojé, corté, enrollé, amoldé, lie y empaqueté (permíteme continuar en la idea de la tabaquería, porque el libro tiene tripas, capote y fina capa, y es luego el gusto, el humo y la fragancia, hasta que todo se disipa); a pesar de ser del todo consciente de mis limitaciones al respecto. Este cuarto libro también ganó un concurso, compitiendo con otros géneros literarios, pero nunca llegó a publicarse; hasta que finalmente, gracias a tu editorial, vio la luz prácticamente bajo el mismo título, con los poemas de entonces: Estampas de Arturo. Aquí estamos ya al inicio de mi proceso de exilio.

    Luego he conformado al menos un par de libros más; pero como aún no se han publicado, puedo perfectamente deshacerlos. Tampoco están seguros los poemas en ellos, que retoco de vez en vez, intentando respetar la idea y el «estado de ánimo»  con el que fueron escritos, pero a veces no vale la pena. En general, tengo una buena cantidad de poemas sueltos, desanclados, como hambrientos rónins pululando por Hokkaido, escritos en temporadas diferentes, en estilos y tonalidades tan variopintas, que al final la manera más lógica de agruparlos parece ser (y es lo que suelo) la cronológica. A fin de cuentas, dada mi inconstancia, si algo valen estos poemas está circunscrito a las vivencias o experiencias en que se gestaron.

    Soy, en demasiados sentidos, un principiante.

     

    Entre el poeta cubano que se queda, el que se va y el que —como tú— termina editando en dos países a la vez, ¿cuál de esas tres posiciones da más libertad real para escribir sin calcular cualquier otra consecuencia derivada?

    La frase «más libertad real» parece implicar que hay tipos o cualidades de libertad, así como gradaciones (o degradaciones). Esto, cuál libertad, qué libertad, puede ser más complicado de definir, más discutible, pero lo que es definitivamente simple es decir dónde la libertad, realmente. Porque se trata de la experiencia y despliegue de las posibilidades propias, por así decir; la respuesta es más existencial que teórica, especialmente cuando preguntas por la «libertad para».

    Esta es, ciertamente, «uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos»; un don extraño, que nunca te arrebatan del todo, como un íntimo y perenne manantial. Sabemos que su flujo puede controlarse o dominarse, como una bota que aplasta la manguera del jardín; a veces durante tanto tiempo que el entorno pierde todo su encanto, se marchita y apunta a lo baldío. Lo peor es que este estado de cosas acaba siendo aceptado por la mayoría, ya sea por el temor o la desidia de todos estos, la conveniencia de aquellos pocos, o el convencimiento de los tontos útiles de siempre. Pero la bota no puede estar allí demasiado tiempo, y basta que aminore la presión sobre la manguera para que el torrente escape. 

    La libertad lleva sus cálculos, efectivamente, y de manera continua; porque si tienes una idea ingenua o simple del fenómeno, acabarás peor que al inicio. No hay una libertad pura, no hay manera de elaborarla u obtenerla en matraz alguno; porque la libertad es en buena parte relacional e interactiva, no vive únicamente en el presente, no se desglosa únicamente en uno. Un poco como fichas del Go (el juego chino, claro, no el lenguaje de programación), nos movemos en el tablero de la vida por espacios en disputa. No considero los matices tan limitados del «sentirse libre», que únicamente vendrían a confirmar ese don recibido.

    Te contesto no con la mera libertad positiva sino con un concepto que me parece más apropiado y que tomo de la física, el de «grados de libertad»: desde luego, aquí hay muchos más grados de libertad que en Cuba para domar tanto los prolegómenos como la acción misma y las consecuencias del acto de escribir. Al menos de momento.

    Porque es difícil encontrar la verdad, aunque sostenerla luego suele requerir mucho mayor tesón. Incluso aunque sepamos aquella casi admonición evangélica de que «la verdad os hará libres», y aun cuando, consecuentemente, esta sin aquella te convertirá en un imbécil esclavizado que aplaude su propia lamentable condición. Porque es difícil ponerse los mocasines del prójimo; y así, una libertad sin caridad, sin la consideración hacia el otro, te convertirá en un déspota necesariamente encadenado a lo nimio e intrascendente.

    Todo el mundo tiene en muy alta estima la libertad, o al menos su propia libertad, lo cual es del todo conveniente. Y sin embargo, por poner un ejemplo, ante nuestros ojos se ha ido desenvolviendo, desde luego siempre para nuestro bien y buena salud (y cómo dudarlo sin que te tachen o te emborronen), ese descarado acto de censura impuesta e institucionalizada conocida, dada la magnitud de su constante siembra, como «cultura» de la cancelación. Que hoy en día campea con mayores precauciones, junto al resto de apaños de minuciosa metodología neomarxistas que se nos han impuesto y han ido calando en el sumiso y desprevenido populacho, en las últimas décadas.

    Porque la libertad, amigo mío, como la felicidad, como el propio acto creativo y cualquier destino sublime al que nos lancemos, no parece que se alcance sin sobresaltos o renuncias. Y si acaso conquistas este tramo, debes levantar fosos y barricadas, asumir el advenimiento como un nuevo punto de partida, al menos mientras las fuerzas te acompañen. Cómo escribió San Agustín en sus Confesiones: «nuestro corazón estará siempre inquieto hasta que descanse en Ti»; pues aquello esencial a lo que nuestra naturaleza aspira nos desborda continuamente. Somos un cántaro que quiere llenarse con la totalidad del mar; así, no se acallan la inquietud y el desasosiego una vez aparentemente plenos. Quizá en conseguir ser como un barro nuevo cada instante esté el inalcanzable secreto de la libertad; quién sabe. En todo caso, cualquiera sea nuestra capacidad, conseguir al menos enarbolar un cántico genuino, camino de la fuente.

     

    La beca «Ciudades de Asilo» en 2003 te sacó de un contexto y te puso en otro. ¿Qué diferencia hay entre la voz con la que escribías antes de esa beca y la que tenías al volver o al continuar después? ¿Fue un cambio de temas, de tono, de ambición, o algo más difícil de nombrar?

    Esa experiencia fue como entrar a un cuadro Brueguel el viejo y no saber adónde arrimarte, dónde posar la vista, porque el esquema general, si bien se percibe, se disuelve en las múltiples minuciosas escenas que lo conforman, por acullá y aquí, atrayentes. Es decir: murmullo y bullería apareados, en un mutuo y cotidiano desvelo. En un escenario también rodeado de agua por todas partes, pero sin que tal circunstancia fuese maldita o restrictiva, más bien lanzada, parabólica. Y cada detalle donde aterrizabas era, como imaginarás, no una simple novedad sino un destello vital y abrumador. Supongo que ocurrirá parecido cuando se pasa, con tantas carencias básicas como teníamos, de una sociedad a otra tan pero tan diferente; en la que inevitablemente parecías perdido, detenido por una realidad que te sobrepasaba y que debías atravesar, como un infante en su primer día de clases en un colegio nuevo. Inmerso en esa conmoción, mi voz no dijo ni pío durante bastante tiempo.

    Aunque relativamente pronto me percaté de que en todas partes cuecen habas, de diferente tamaño y textura; pero en Cuba, claro: calderadas. También por entonces, en la Ámsterdam que, para nosotros, lógicamente y con suficientes razones, aparecía como la eclosión de las libertades, podían asesinarte por expresar sostenidamente una idea políticamente incorrecta o por hacer una película controvertida, literalmente. No era una opresión proveniente del estado (de hecho, ya por entonces existían zonas donde este había sido desplazado por la sharia, según me comentaban); pero, como siempre, tales cuestiones no avanzan sin la complicidad implícita o explícita del poder político, conformando cierto pathos fácilmente reconocible años después.

    Diría que de aquellos polvos, ya sea que estuviesen maliciosamente calculados o se debiesen a unas buenas intenciones demasiado ingenuas, proceden estos lodos. Esta Europa fragmentada y débil, aislada de sus orígenes fundacionales y de la cultura que la conformó, cada vez más burocrática, cada vez más extrema, y donde el individuo tiene cada vez menos desahogos y oportunidades; esta Europa que parece aceleradamente condenada a la distopía y que merece ciertamente aquel calificativo que por entonces retomó y popularizó Oriana Fallaci: Eurabia.

    Así, por citar unas pocas calamidades, tuvimos las draconianas, innecesarias y absurdas medidas de «la plandemia» del COVID, sin que ningún profesional se arriesgase a disentir, como ejemplo de la implantación desde arriba, sin mayores sobresaltos, de ingenierías sociales de todo tipo, para pingües beneficios de unos pocos. O tenemos la invasión de verdaderas hordas bárbaras que se despliega actualmente ante nuestros ojos en Ceuta sin que el gobierno de esta dizque democracia apoye las justas protestas de los ceutíes y defienda su propio territorio, como ejemplo de dónde ponen realmente sus intereses personajes como el actual presidente español, Sánchez, a quien, a pesar de su catadura moral y de que se le considere, con sobradas razones, como traidor y tirano, no le faltan en absoluto aplaudidores y compinches.

    Pero regresemos a la Ámsterdam de finales de 2003, donde finalmente arribé, gracias a los auspicios de la Fundación Prince Claus y de la Alcaldía de la ciudad. Se da la circunstancia de que la red internacional de «Ciudades de Asilo», que acogía durante determinado tiempo a escritores, artistas o intelectuales perseguidos en sus países debido al ejercicio de su libertad de expresión, fue inspirada directamente por la fatua contra Salman Rushdie emitida en 1989, unos nueve meses antes de la caída del muro de Berlín, por el ayatolá Jomeini, que ordenaba la ejecución del escritor británico-indio y de todos los implicados en la publicación de su novela Los versos satánicos, a la que tacharon de blasfema contra el islam.

    Así que lo primero que hice, por así decir, fue conseguirme esta obra, compleja y monumental, difícil de leer al inicio, pero definitivamente impactante. Aproveché también para familiarizarme con la enorme literatura neerlandesa, que ignoraba; así, autores como Cees Nooteboom o Adriaan van Dis, se incorporaron a mi galería de favoritos. Por supuesto que tuve la oportunidad de encontrarme con diversos creadores jóvenes, holandeses, varios cubanos, venezolanos, en una ciudad cosmopolita y a la par cálida, a la que guardo un cariño especial, y no únicamente por ser la primera puerta a una libertad mayor y a un mundo nuevo, decididamente más abierto y complejo.

    En algún momento mi voz comenzó a reaccionar tímidamente bajo aquel cielo plomizo, casi siempre gris y medio apagado, distante de la caribeña naturaleza del nuestro, por el que pululaban ingenieros, intelectuales o granjeros, en tranvías, bicicletas o zuecos, gente que mostraba ese ánimo reservado a la par que colorido y entusiasta. Así que en algún momento el propio cielo comenzó, a intervalos fugaces, a revelar sus matices y anhelos, como esa luminosidad que se descubre en un cuadro de Vermeer. La misma luz, bróder, la luz de la amistosa y sincera compañía de algunos amigos, en su mayoría holandeses, a quienes agradezco de corazón, y con quienes estaré en deuda toda mi vida.

     

    ¿Qué significa, en la práctica diaria, «el exilio literario» para alguien que sigue escribiendo en español y en otro idioma (en este caso el inglés) fuera de un país hispanohablante: es una condición que se resuelve con el tiempo o una tensión que decides mantener activa porque te resulta productiva?

    Una malanga o una yuca no pueden ser plantas epífitas; ¿qué habría de productivo en sacarlas de su ámbito natural más que mostrar la tozudez de quien sobrevive como el acto primario de una debida justicia? Así, el «exilio literario» me preocupa menos que la propia sobrevivencia al exilio, ese desdichado trasplante al que los cubanos nos hemos visto abocados desde hace décadas.

    La verdad es que me encantaría escribir en alguna lengua semítica, de preferencia el árabe; o alguna asiática, de preferencia hiraganas japoneses. Pero esto más que nada por la soltura o elegancia de los trazos; es decir: por la caligrafía. En cuanto a la declamación, siempre he envidiado la sonoridad del francés o del italiano (idioma este al que tengo mucha mayor simpatía, y que parece en cierto modo más conquistable). Para la expresión escrita en sí, poseemos naturalmente la mejor lengua posible; así que no me quejo: no habría en absoluto necesidad de experimentos ajenos.

    El poeta mejicano Octavio Paz, uno de los primeros y escasos intelectuales que se desligaron del por entonces todavía influyente líder cubano, dados sus desmanes totalitarios comunistas, estuvo como diplomático en Tokio antes de trasladarse a París y comenzar allí su traducción de las Sendas de Oku, de Matsuo Bashō, la primera que se hacía a una lengua occidental. Se da la circunstancia, confesa, de que era un ignorante del idioma japonés en que se escribió este famoso diario de viajes; si bien, como se sabe, tuvo la ayuda de un apreciado amigo de la tierra del sol naciente. Así que, sin complejo alguno, y salvando todas las distancias, con mis elementales conocimientos de inglés me atreví en más de una ocasión a hacer traducciones en uno y otro sentido, de poemas propios y de terceros.

    Es todo un reto y un divertimento. Por ejemplo, el de mantener las reglas de un poema Fibonacci, siguiendo la famosa sucesión del matemático medieval italiano al tiempo que no traicionas demasiado la idea del texto original. O el hecho, que ocurre en las traducciones de mis propios poemas, de ser compelido o guiado naturalmente (ya sea por una disposición de la rima o el convite de los sonidos, ya sea por alguna inasible articulación precedente) por otros senderos, coger un trillo no demasiado transitado antes, abrir por aquí una brecha y proseguir quién sabe hasta dónde, desentendiéndome del caudal o del camino ya trazados. Pero quién se atreverá a señalar como defecto que el original dice esto y aquí aparece esto otro tan diferente, otra imagen o idea; si claramente es el mismo poema en dos expresiones conexas. Independientemente de lo que cualquiera entienda como «expresión», lo indiscutible es que gozo tanto de las ocurrencias permitidas al autor como de las justificaciones admisibles en quien traduce.

    En ocasiones, incluso algunos poemas recientes los comencé a escribir en inglés (que he debido luego corregir en alguna medida, claro). Así que diría que el proceso ha sido creativo y, en algún sentido, productivo. Incluso tengo un seudónimo con el que he publicado (de manera online) algunos de estos poemas, como creo que sabes. Me dio esta fiebre que duró un par de años; luego pasé a otra cosa butterfly.

     

    Fundaste proyectos editoriales en España y en Cuba. ¿Cuál es la diferencia más práctica —no la más obvia, sino la que solo se nota estando dentro— entre editar poesía en un ecosistema y en el otro: acceso a distribución, censura o autocensura, expectativas del lector, ¿financiamiento? Y si tuvieras que «importar» una sola práctica editorial de Cuba a España, o de España a Cuba, ¿cuál sería y por qué crees que la otra orilla la necesita?

     

    Has mencionado lo fundamental, Amaury, porque conoces bien ambas realidades. La censura o autocensura es un riesgo que cada cual asumirá hasta donde esté dispuesto, pero en cierto modo también es un acicate para resolver el asunto creativamente, sin torcer demasiado la expresión propia. Un poco como señalaba Gastón Baquero socarronamente en aquellos versos: a pesar de todo, seguir siendo «el inocente que siempre dice su verdad». Y así lo has de jurar lo mismo ante Hacienda que ante el «seguroso» que inquiere.

    Esa verdad, esa realidad, al ser compartida, agrupa no sólo gritos o anhelos comunes sino también recintos, decires, símbolos, que se han ido apuntalando con el tiempo. Podría confirmarse que hay menos dispersión en nuestro diálogo, que profundiza y en cierto modo amplía cualquier expresión patria. Incluso con toda la desgracia de tanto exilio, o quizá precisamente por ello, los cubanos de diversas generaciones mantenemos un acervo más o menos intacto, que aflora, reconocible, cuando nos reunimos dos o tres en el nombre de nuestra fatal circunstancia, aquella que nos rodea y que describió tan bien Virgilio Piñera: «la eterna miseria que es el acto de recordar».

    Así, en medio de la escasez y la desidia, lógicas después de tantas décadas de sufrir un régimen comunista, sorprendentemente desde el funcionario de cultura hasta el mayor que se hace llamar Carlos y que te ha citado para un interrogatorio mañana en la estación de policía, todos, o casi todos, escudriñan discursos, cánticos o pinturas, y muestran la mayor inventiva posible en lo suyo, ya sea reprimir, los muy hachepés, o evitar que te repriman, antes de regresar todos a su negra bailando con un vaso de ron en la cabeza. El arte en Cuba es desde luego una batalla; quizá por eso permanece con tanta vitalidad. No digo que editar aquí, en España, sea menos entretenido, sino que sus rigores, me parece, entrañan menos riesgo. De hecho, diría que se pueden intercambiar perfectamente, en el sentido de su oficio, un editor de aquí y uno de allá. Las inquietudes, los gozos, las miserias son más comunes de lo que se cree, y en todas partes el trabajo del editor es conjugarlas y resaltar de entre todo ese caos lo que merezca recordarse.

    Ha habido momentos de verdaderas oportunidades para la edición y la publicación en Cuba, y desde luego creadores que han asumido proyectos editoriales con reconocido impulso y éxito. Hay dificultades obvias que se dan con mucha mayor envergadura allá dentro que fuera; pero confío en que más pronto que tarde la brecha se vaya cerrando positivamente. El punto de inflexión lo marcará la autoedición y la impresión bajo demanda, que en buena medida supera cuestiones como la poca financiación, las tecnologías locales o la distribución. Una vez estas posibilidades se instauren, el impulso editorial será vertiginoso.

     

    En el caso de Estampas de Arturo, ¿qué pretenden transmitir estos poemas más allá de la propia compilación? ¿Crees que tus libros anteriores deberían tener otra publicación y encontrar nuevos lectores?

    Soy completamente egoísta al escribir un poema. No pretendo en absoluto transmitir nada a nadie, salvo desentrañar la motivación o el impulso que provocó dicho acto y que de un modo misterioso lo desenvuelve: una bandada de pájaros irrumpió en mi habitación y traté de agarrar uno, mientras se escabullían por la ventana en medio de la algarabía y el alocado aleteo. ¿Y qué harías con un ave que intenta escapar y que agarras firmemente? A veces consigo que cante para mí; a veces simplemente acaba en una sopa.

    Si se trata de compilar un poemario, tengo suficiente con intentar que quede algo congruente, que ate las partes a un conjunto más o menos previsible y con algo de sentido. Mantengo la indeterminación del «algo» por un motivo muy simple: cualquier cuestión, o cuestiones, que pudiese yo intuir o suponer como trasversales, probablemente se truequen en algo diferente para un lector ante el mismo conjunto, si es que ocurre. Es decir: no me atrevería a apostar por una «transmisión» coherente sino, si acaso, dispersa o difusa; y, probablemente, bastante ajena a lo que intenté o concebí. Tampoco está mal, siempre que algo de esto se consiga. Así, ciertamente, me esfuerzo en admitir una idea de conjunto, pero soy bastante flexible con los resultados. Fundamentalmente porque, como he comentado, escribo poemas sin orden ni concierto, cuyas voces no necesariamente empastan en el coro.

    Estampas de Arturo muestra una serie de viñetas que, por una parte, referencian obras de nuestro amigo pintor Arturo Regueiro, poemas que comencé a escribir cuando él aún vivía, así como a otras vivencias o reflexiones propias, de por aquel entonces, y que no eran únicamente mías. Por eso al menos confío en que cualquier cubano que lea este libro, ante determinados términos y giros, se ubique, y capte o capture quimeras, fijezas y continuidades. También espero que no sea necesario conocer ninguna de estas referencias o ser cubano para que los poemas se los apropie un lector atento, en modos que se me escapan. Así, imagino que este, y mis otros libros anteriores, puedan, efectivamente, encontrar nuevos lectores.

    En algún momento casi todos rondamos esta vieja historieta: una persona futura entrará a una casucha de libros viejos y de uso, paseará distraídamente, hojeará este o aquel libro, y casi al salir, casualmente, todavía con desgano, se fija en aquestos versos, lee algo, pasa algunas páginas, se sumerge, adopta otra postura, continúa leyendo, y comprende inmediatamente que de este libro amarillento, que parece escarbar en su alma, ya nadie podrá separarlo. Digamos que es un joven de un futuro no tan lejano, de esta misma nuestra galaxia, pero no tiene dinero, ni lo tendrá más adelante, vivirá siempre en casa de sus padres y no conseguirá descendencia, pero nada de lo que sucede o sucederá parece importar ahora: simplemente esconde su tesoro como puede, evade la supercámara de vigilancia, la eterna sospecha del tendero, y sale como si tal cosa, con todo este resplandor recién descubierto, de autor desconocido.

    No tengo la tentación de esperar algo así de glorioso, ni con mis libros publicados, ni con mis libros inéditos ni con aquellos que todavía pueda concebir.

  • Gestión administrativa para escritores

    Gestión administrativa para escritores

    Una oficina para la vida literaria

    Escribir exige atención, paciencia y una cierta disposición al desorden. Sin embargo, publicar, presentar un manuscrito, conversar con una editorial o seguir unas regalías requiere también hacer uso de algunos recursos: memoria, método y un lugar donde cada dato pueda encontrarse cuando hace falta. La plantilla «Gestión administrativa para escritores» nace para reunir esa parte menos visible —pero imprescindible— de la vida literaria en un solo espacio de trabajo.

    No se trata de convertir el ejercicio de escribri en una oficina, más bien, propone liberar la escritura de pequeñas tareas dispersas, notas perdidas, enlaces sin clasificar y fechas que vuelven demasiado tarde, todo porque no existe un sitio donde puedas tenerlo todo junto, o al menos, aquellas operaciones más tediosas y que llevarían más tiempo si lo hicieras buscando entre la infinidad de correos electrónicos que a veces no sabes dónde están, o comunicaciones con agentes, editoriales, medios de comunicación que debes buscar una y otra vez en internet.

    La plantilla está concebida como un sistema modular en Notion: puede adaptarse al momento de cada autor, añadirse nuevas secciones o prescindir de las que no resulten necesarias. No todos los proyectos literarios tienen las mismas necesidades, pero casi todos agradecen una estructura que permita mirar el conjunto sin abandonar el trabajo cotidiano. Aquí caben tanto un libro en proceso como una obra lista para enviarse, una agenda de contactos culturales, el seguimiento de gastos o una colección de recursos de consulta. La idea es sencilla: que la información importante no dependa de la memoria ni quede repartida entre documentos, correos y marcadores del navegador.

    Los manuscritos, a la vista

    Una de las piezas centrales es el «control de manuscritos». Permite registrar obras terminadas o en marcha, indicar su género, anotar la fecha del último envío y señalar el estado de cada propuesta: en lectura, aceptada o rechazada. También facilita vincular cada manuscrito con la editorial o agencia correspondiente. Este registro puede resultar muy útil cuando un original inicia su recorrido fuera del escritorio. Saber qué versión se envió, a quién, cuándo conviene hacer seguimiento o qué respuesta se recibió evita duplicidades y ayuda a sostener una relación más cuidadosa con los interlocutores profesionales, y que además, cada autor puede actualizar según sus propias necesidades.

    La escritura se hace a solas, pero los libros construyen relaciones: con periodistas, librerías, medios, festivales, lectores, gestores culturales, editores y agentes. Por ello, la plantilla incorpora un «CRM para prensa, webs y eventos», donde organizar contactos, clasificar su función o medio, guardar sus datos y registrar el estado de la relación. No se trata de acumular nombres, sino de disponer de un mapa de vínculos útil y respetuoso. Un contacto bien registrado permite preparar mejor una presentación, actualizar un envío de prensa o retomar una conversación en el momento adecuado.

    Material para presentarse

    La plantilla incluye un espacio de «media kit» con apartados para biografías en distintas extensiones, fotografías oficiales y sinopsis de libros. Son materiales que suelen pedirse con urgencia al preparar una entrevista, una nota de prensa, una ficha web o la participación en un evento. Tenerlos preparados no reemplaza el trabajo de escribirlos bien; sí permite revisarlos y actualizarlos desde un mismo lugar. La presentación de un autor también es parte de su catálogo: conviene que conserve una voz reconocible y que esté disponible cuando el libro empieza a circular.

    Editoriales, agencias y recursos

    El directorio de editoriales y agencias permite reunir líneas editoriales, requisitos de recepción, datos de contacto y observaciones propias sobre cada sello. Así, la búsqueda de destino para un manuscrito puede ser más selectiva y menos improvisada. Junto a ello, el banco de recursos ofrece un lugar para guardar herramientas habituales: diccionarios, guías de estilo, plataformas de documentación, referencias para corrección, imágenes o materiales de trabajo vinculados al proceso editorial.

    La dimensión económica suele quedar fuera de la conversación literaria, aunque forma parte del cuidado de cualquier proyecto. Por eso la plantilla incorpora tablas para registrar «gastos de edición» —como corrección, diseño de cubierta o promoción— y para llevar un control de «ingresos y regalías», con campos de mes, fuente, importe y estado de pago. No sustituye una asesoría fiscal ni pretende resolver la contabilidad profesional. Funciona, más bien, como un cuaderno ordenado para comprender mejor cuánto cuesta poner un libro en circulación y qué retornos genera con el tiempo.

    También incluye un «radar de concursos literarios» con campos para nombre de la convocatoria, género, dotación, fecha de cierre, enlace, estado y fuente. La base puede alimentarse manualmente o conectarse con una cuenta propia de Zapier y feeds RSS para incorporar nuevas convocatorias al espacio de Notion. Para quien envía obra con regularidad, esta sección puede convertir la búsqueda errática de oportunidades en una rutina editorial: revisar, filtrar, elegir y decidir con tiempo. Sin embargo, es también honesto decir que cada autor deberá configurar estas opciones por sí mismo o cambiarlo a la forma en que le funciones mejor.

    Una herramienta al servicio de la obra

    La gestión no escribe un poema ni resuelve una novela. Su función real es la de optimizar el tiempo y la atención necesarios para mantener un control personalizado de la parte administrativa del trabajo creativo, más allá de personajes, trama, o estructura. Cuando los materiales, contactos, envíos, gastos y oportunidades están ordenados, el trabajo literario gana continuidad.

    «Gestión administrativa para escritores» está pensada para autores que desean acompañar sus libros desde la primera versión hasta su circulación pública, sin perder de vista los detalles que sostienen un proyecto. Puedes encontrar la plantilla en Gumroad e incorporarla a tu propio modo de trabajar. Su precio, sin embargo, intenta acomodarse a todos los bolsillos…

  • Y he aprendido que la novela

    Y he aprendido que la novela

    comienza muchas veces donde termina la explicación

    En ocasiones, hallar el momento para contactar con Víctor Hugo, se convierte en una tarea tan compleja como la de diseñar la trama de cualquier novela. No obstante, siempre llega el momento en que responde con una sonrisa, un chiste cuya ironía esconde la inteligencia del pensandor, de quien vive dedicado a sus letras y al mundo que le rodea. Esta oportunidad de leerlo, es también un modo de interconectar no solo con lo que ha escrito sino con quien separa la vida personal de su hacer literario, como si habitara dos mundos que terminan uniéndose párrafo tras párrafo.

    Antes que sociólogo, ¿eres escritor o al revés?

    Creo que fui escritor antes de saber que lo era. La sociología vino después, como una manera de poner conceptos a ciertas intuiciones que ya estaban en la literatura: el poder, el miedo, la pertenencia, las pequeñas humillaciones, las formas en que las personas aprenden a vivir dentro de situaciones que no han elegido. En ese sentido, la literatura fue primero.

    Pero hoy me resultaría imposible separar completamente ambas cosas. Cuando escribo ficción no dejo al sociólogo en la puerta, aunque intento que tampoco se siente a explicar la novela. Me interesa que la teoría permanezca debajo, como una corriente subterránea. Si el lector ve demasiado al sociólogo, probablemente el novelista ha hecho mal su trabajo.

     

    Si tuvieras que diagnosticar, como sociólogo, la sociedad que aparece en tu última novela, ¿qué tipo de régimen dirías que es usando categorías de tu disciplina, no de la ciencia ficción?

    No hablaría tanto de un régimen totalitario como de un régimen de normalización. Es una sociedad donde el poder funciona porque ha conseguido volverse cotidiano, razonable e incluso confortable. La coerción existe, naturalmente, pero no necesita presentarse permanentemente como violencia. Las personas terminan anticipando lo que se espera de ellas y organizando su vida alrededor de esas expectativas.

    Eso me interesa mucho más que el dictador clásico. Sociológicamente, hablaría de una combinación de disciplina, hegemonía y producción afectiva del consenso. El éxito de un sistema político no consiste solamente en conseguir que la gente obedezca, sino en lograr que determinadas formas de obediencia dejen de experimentarse como obediencia.

     

    Algunos textos distópicos clásicos construyen el control desde arriba, de forma visible. ¿Qué mecanismo sociológico concreto usas tú para que en tus novelas se sienta menos como una maquinaria y más como una sociedad real que simplemente funciona así?

    Me interesan especialmente las redes de dependencia y reconocimiento. Las personas no obedecen exclusivamente porque exista una institución que las vigile, sino porque dependen emocionalmente, económicamente y simbólicamente de otras personas. El vecino, la familia, los compañeros de trabajo, los amigos: todos participan, muchas veces sin saberlo, en la reproducción del orden.

    Ahí aparece también el capital social. Una sociedad puede controlar muchísimo mediante algo aparentemente positivo como pertenecer. Ser aceptado exige aprender ciertos códigos, determinados silencios, incluso ciertas maneras de recordar. El control más eficaz no siempre es el del policía; puede ser el de la mirada de alguien cuya aprobación necesitamos.

    De hecho mi próxima novela es una oscura distopia feminista: Código Sangre. Habla del control de los cuerpos femeninos y masculinos, pero de una manera que nadie imagina.

     

    ¿Qué distopía clásica de la literatura te parece sociológicamente menos creíble, y qué le cambiarías con las herramientas de tu propia disciplina?

    Quizá 1984, aunque literariamente me parece extraordinaria. Su representación del poder es enormemente poderosa, pero sociológicamente demasiado perfecta. Ninguna sociedad puede sostener durante mucho tiempo un aparato de dominación tan homogéneo sin contradicciones internas, mercados informales, complicidades, interpretaciones alternativas y zonas donde las reglas se negocian.

    Yo introduciría precisamente eso: pequeñas transacciones cotidianas con el poder. Funcionarios que creen a medias, familias que desarrollan códigos propios, individuos que cumplen públicamente mientras reinterpretan privadamente las normas. La dominación real suele ser mucho más desordenada que la imaginada por Orwell. Y precisamente por eso puede ser más resistente.

     

    Gaiman, Powers y Philip K. Dick van en direcciones distintas: mito urbano, sistemas complejos, paranoia sobre la realidad. ¿Sientes alguna influencia de ellos en tu obra?

    Sí, pero probablemente de una manera indirecta. No diría que escribo «a la manera de» ninguno de ellos, pero reconozco ciertas afinidades. De Gaiman me interesa mucho esa capacidad para sugerir que debajo de la realidad cotidiana existe otra cartografía, otro sistema de significados que normalmente no vemos. La ciudad, la memoria, los objetos, los espacios aparentemente triviales pueden contener historias paralelas. Esa idea me resulta muy cercana porque también la sociología trabaja, en cierto modo, con aquello que está debajo de lo evidente: los códigos, las jerarquías, los símbolos y las relaciones de poder que organizan una sociedad sin mostrarse necesariamente en primer plano.

    De Tim Powers me atrae especialmente la manera en que la historia nunca está completamente terminada. El pasado deja residuos, huellas, fuerzas que continúan actuando sobre el presente. Esa concepción me interesa mucho como escritor porque evita tratar la historia como simple decorado. En mis novelas, el pasado suele funcionar como una estructura activa: algo que condiciona las decisiones de los personajes, que reaparece en sus recuerdos y que incluso determina aquello que pueden imaginar sobre el futuro. Hay sociedades que parecen vivir hacia delante pero que, en realidad, siguen negociando permanentemente con sus propios fantasmas.

    Philip K. Dick quizá sea el autor que más conecta con mis preocupaciones sociológicas. No tanto por la paranoia, que es lo que suele mencionarse cuando se habla de él, sino por su obsesión con la fragilidad de la realidad. En Dick siempre existe la posibilidad de que aquello que consideramos evidente sea una construcción, una simulación o simplemente una convención compartida. Y esa pregunta es profundamente sociológica: ¿cómo sabemos que aquello que llamamos normal, natural o verdadero no es solo el resultado de determinadas instituciones, discursos o relaciones de poder?

    Esa es probablemente la influencia que más reconozco en mi propia escritura. Me interesa poner al lector en una situación en la que empiece aceptando un mundo como normal y, poco a poco, descubra que esa normalidad contiene algo inquietante. No necesito que el mundo se derrumbe ni que aparezca una gran revelación final. Me interesa más ese momento en que el lector comienza a sospechar que el problema no está fuera del sistema, sino precisamente en aquello que todos han aprendido a considerar normal. Ahí es donde la literatura y la sociología, para mí, terminan tocándose.

     

    Elige una escena concreta de tu obra construida con flashback, racconto o flashforward y cuéntame por qué la narración lineal no te habría servido ahí, ¿qué información necesitabas ocultar o adelantar y qué efecto buscabas en el lector?

    En El mar por el fondo hay momentos en los que el pasado aparece fragmentariamente, no como explicación completa, sino como irrupción. Me interesaba que determinados recuerdos llegaran al lector del mismo modo en que llegan muchas veces a los personajes: incompletos, contaminados por el presente y sin una garantía absoluta de verdad.

    Una narración estrictamente lineal habría convertido esos acontecimientos en antecedentes. Yo necesitaba que fueran heridas. El flashback permite que algo que aparentemente había terminado continúe actuando sobre la conducta presente. El lector descubre entonces que no está conociendo simplemente lo ocurrido, sino entendiendo por qué determinados personajes son incapaces de escapar de ello.

     

    ¿Hay algo que solo puedas permitirte escribir sobre Cuba, ya que desde hace mucho no vives allí, y que no te habrías atrevido a escribir en otro tiempo?

    La distancia permite escribir sobre Cuba sin la obligación de responder inmediatamente a sus códigos cotidianos. Cuando uno está dentro de una sociedad, determinadas cosas parecen demasiado cercanas, demasiado obvias o incluso demasiado peligrosas para convertirlas en materia literaria. Hay silencios que uno aprende sin que nadie se los enseñe y formas de prudencia que terminan pareciendo naturales. Con los años, al salir de ese espacio inmediato, aparece otra perspectiva: no necesariamente más verdadera, pero sí más libre para mirar ciertas zonas de la experiencia.

    También cambia la relación con la memoria. Uno descubre que el país del que salió sigue existiendo dentro de uno, pero ya no coincide del todo con el país real. Empiezan a mezclarse la infancia, las voces familiares, las calles, las pérdidas, las versiones oficiales de la historia y aquello que cada familia aprendió a contar en voz baja. Y ahí aparece un material literario muy poderoso, porque Cuba deja de ser solamente un lugar y empieza a convertirse también en una memoria disputada.

    Pero la distancia obliga a cierta humildad. Cuba no puede quedar congelada en el momento en que uno se marchó. Sería muy fácil convertirla en una fotografía inmóvil, en el país que recuerdo y no en el que existe. Por eso intento desconfiar de la nostalgia, incluso cuando la necesito para escribir. La nostalgia ilumina unas cosas y oscurece otras. Lo que sí puedo permitirme ahora es escribir sobre los silencios, sobre las mitologías políticas y familiares con las que crecimos, sobre aquello que se heredaba sin explicación y que solo muchos años después uno empieza a comprender.

    Hay además algo que quizá no habría escrito del mismo modo cuando vivía allí: la contradicción íntima de amar un lugar y, al mismo tiempo, necesitar alejarse de él para poder mirarlo. Esa contradicción me interesa cada vez más. No me atrae una Cuba convertida simplemente en consigna, ni a favor ni en contra. Me interesa la Cuba que permanece en los gestos, en determinadas palabras, en una forma de entender la amistad, la pérdida, el miedo, el humor o la espera. Esa Cuba es mucho más difícil de abandonar.

    Quizá por eso escribir sobre ella desde fuera se parece menos a regresar que a conversar con algo que nunca terminó de irse. Uno puede vivir muchos años lejos y descubrir que ciertos paisajes continúan apareciendo en los sueños, que algunas palabras conservan una temperatura distinta y que determinadas heridas pertenecen ya tanto a la biografía como a la imaginación. Al final, por mucho que cambien los lugares desde los que uno escribe, hay pertenencias que no necesitan geografía. Y entonces vuelvo inevitablemente a aquel hermoso verso de Martí: dos patrias tengo yo: Cuba y la noche.

     

    ¿Crees que tu formación de sociólogo te da una autoridad distinta ante el lector y la crítica que la que tendría un novelista sin ese entrenamiento, una especie de «permiso» para que se lea tu distopía como diagnóstico y no solo como entretenimiento? ¿Es una ventaja que buscas explotar o un peso del que preferirías liberarte?

    Puede que mi formación de sociólogo genere una expectativa distinta en quien me lee, y supongo que es inevitable. Cuando alguien sabe que detrás de una novela hay años de trabajo sobre poder, instituciones, desigualdad, afectos o cultura, quizá tienda a leer determinadas escenas como si escondieran un diagnóstico. Pero yo desconfío bastante de esa autoridad. Una novela no debería necesitar un doctorado detrás para sostenerse. Si un mundo ficticio solo funciona porque el autor puede justificarlo después con Weber, Bourdieu o Foucault, entonces probablemente ese mundo no está vivo todavía.

    La sociología me ha dado, eso sí, una manera particular de mirar. Cuando imagino una sociedad no pienso solamente en quién gobierna o en qué leyes existen. Me pregunto quién puede hablar sin ser interrumpido, quién puede equivocarse sin pagar demasiado por ello, quién tiene derecho a ser creído, quién entra en una habitación sintiendo que ese lugar le pertenece. Me interesa también quién administra el miedo, quién reparte reconocimiento, qué silencios se consideran elegantes y cuáles sospechosos. Todo eso termina entrando en la novela, aunque no aparezca con nombre sociológico.

    Pero después hay que borrar las huellas. Para mí esa es una parte esencial del oficio. El lector no debería encontrarse con la teoría, sino con sus efectos. No necesita saber que detrás de una escena puede haber una reflexión sobre capital simbólico, hegemonía o disciplinamiento. Tiene que sentir que un personaje baja la voz cuando entra alguien, que una familia aprende a no mencionar cierto asunto durante la cena, que un hombre acepta una humillación porque perder el trabajo sería peor. La teoría puede estar ahí, sosteniendo la escena, pero como están las vigas dentro de una casa: no hace falta verlas para saber que el techo no se cae.

    Por eso no sé si considero la sociología una ventaja o un peso. Es ambas cosas. Me ofrece herramientas extraordinarias para construir mundos, pero también tengo que vigilar constantemente que no invada la literatura. A veces el sociólogo quiere explicar justo en el momento en que el escritor debería callarse. Y he aprendido que la novela comienza muchas veces donde termina la explicación. La sociología puede ayudarme a levantar el edificio, sí, pero la literatura tiene otra obligación: encender una luz dentro, dejar una puerta entreabierta y conseguir que el lector entre solo, sin saber muy bien por qué, y permanezca allí unas horas.

     

    El mar por el fondo es claramente una distopía que explota, sin duda alguna, la historia en un contexto distinto en el que vives hoy. ¿La reescribirías? ¿Qué parte habrías omitido?

     

    Sí, seguramente la reescribiría, pero creo que casi cualquier escritor respondería lo mismo respecto a un libro escrito años atrás. Uno cambia, cambia la relación con el lenguaje y también cambia la manera de mirar aquello que creyó comprender en otro momento. Hay zonas de El mar por el fondo en las que hoy sería menos explicativo y más elíptico. Con el tiempo he aprendido a confiar más en el lector, a dejar espacios vacíos, a permitir que determinadas contradicciones permanezcan abiertas y no necesiten una resolución inmediata.

    También insistiría más en algo que para mí es esencial: El mar por el fondo es una distopía, sí, pero no una distopía construida únicamente desde la lógica fría del control. Es una distopía surrealista, del absurdo. Y quizá no podía ser de otra forma viniendo de un archipiélago que ha dado escritores como Virgilio Piñera o Reinaldo Arenas, donde lo grotesco, lo delirante, lo cotidiano y lo terrible pueden convivir en una misma escena sin necesidad de explicarse demasiado. Hay sociedades en las que el absurdo no interrumpe la realidad. forma parte de su funcionamiento.

    Eso me interesa mucho más que la distopía perfectamente organizada. En El mar por el fondo el poder no aparece siempre como una maquinaria racional; a veces es torpe, contradictorio, casi cómico, y precisamente por eso resulta inquietante. Hay una tradición muy cubana de convertir el absurdo en una forma de conocimiento. Piñera entendió muy bien que lo absurdo podía ser una manera de hablar del miedo, de la precariedad y de la existencia misma. Arenas, por otra parte, convirtió la imaginación, la exageración y lo carnavalesco en armas contra una realidad que pretendía presentarse como única. Esa tradición está inevitablemente detrás de mi manera de imaginar una distopía.

    Si volviera a escribir la novela, probablemente eliminaría algunas explicaciones y llevaría todavía más lejos esa ambigüedad entre realidad, memoria y delirio. Lo fundamental, sin embargo, lo conservaría: esa relación entre historia y poder, y sobre todo la pregunta por cómo una sociedad termina acostumbrándose a aquello que desde fuera parecería intolerable o absurdo. Hoy quizá escribiría una novela menos preocupada por explicar cómo funciona una distopía y mucho más interesada en mostrar cómo lo imposible puede convertirse poco a poco en costumbre. Porque quizá ahí está la verdadera distopía: no en que ocurra lo absurdo, sino en que llegue un momento en que deje de parecernos de esa forma.

     

    Aunque parece un cliché, no está de más preguntar: ¿Hacia dónde crees que van los escritores noveles hoy? ¿Crees que tendremos una generación como la del boom a punto de descubrir?

    No creo que vuelva a existir un boom en el mismo sentido en que ocurrió aquel. No porque falten escritores, sino porque ya no existe el mismo mundo alrededor de la literatura. El boom fue, naturalmente, una reunión excepcional de autores, pero también fueron editoriales, agentes, traducciones, revistas, premios, circulación internacional y hasta una determinada curiosidad europea por América Latina. Todo eso creó una especie de escenario común. Hoy ese escenario está mucho más roto, más disperso.

    Y, sin embargo, creo que se está escribiendo muchísimo y desde lugares muy distintos. Hay escritores jóvenes que publican en pequeñas editoriales, otros que empiezan en internet, otros que viven entre varios países y lenguas. Tal vez por eso cuesta más ver una generación. Antes uno podía identificar un grupo, una revista, una ciudad, incluso una estética compartida. Ahora las voces aparecen por todas partes y muchas veces no saben unas de otras.

    El problema, quizá, ya no sea descubrir si existe talento, porque hay de sobra. El problema es cómo una voz consigue atravesar todo el ruido que hay alrededor. Se publican muchos libros, circulan muchísimos textos, todo parece estar disponible al mismo tiempo. Eso puede ser maravilloso, pero también hace más difícil que una obra encuentre el tiempo necesario para ser leída de verdad, comentada y acompañada durante años.

    Por eso no descartaría que ya exista una generación importante y todavía no sepamos reconocerla. Quizá el próximo gran movimiento literario no tenga nombre ni manifiesto, ni una ciudad que lo reúna. Puede que esté ocurriendo ahora mismo de una manera mucho más fragmentada, entre autores que escriben desde distintos continentes y que todavía no saben que comparten ciertas preguntas. A veces las generaciones se reconocen después, cuando ya han escrito buena parte de sus libros.

     

    Nota sobre el autor

    Víctor Hugo Pérez (San Fernando de Nuevitas, Cuba, 1979) es doctor en Ciencias Sociológicas. Narrador y ensayista, es profesor de la Universidad Internacionalde la Rioja (UNIR) y de Escritura Creativa en la UNED. Como autor, tras haber participado en diversas antologías, ha publicado el libro de relatos La eternidad y el peligro de morir (La Luz, 2011), la novela ucrónica Los Endemoniados de Yaguaramas (2014) y El mar por el Fondo (E. Rialta, 2019 [1era ed.], Ribla Editores [2da. Ed]). Confabulados con Dios (Edhasa, 2024) es su primera novela histórica

  • Lo que el viento se llevó

    Lo que el viento se llevó

    (Fragmento Anita Mur)

    Vuelven a poner la corriente, descubro que Olivia se ha quedado dormida con la cabeza apoyada en los brazos sobre la meseta, y aún no dan las diez de la noche. La despierto despacio, la llevo hasta mi cuarto. Cae en la cama sin decir palabra alguna y encien­do el ventilador.

    Abro la maleta del viaje y agarro una botella de Sunrise, cosecha del 95. Lleno a tope mi tarro (una jarra que perdió el asa años atrás) y salgo al pasillo trasero. En los bajos está el patio de Ana, cargado como siempre de hojas desprendidas del árbol de mangos que sa­queábamos en las temporadas de lluvia. Mañana bajaré a limpiar ese desorden, me haré cargo de algunas cosas hasta que Vivienda decida a quién dar o venderle la casa de Ana, nuestro cuartel general. ¿Cómo evitar que los extraños por llegar sean frikis, emos, o realizadores de telenovelas? Ana odiaba muchas cosas, excepto el cine, por el que sentía un amor inexplicable. Nunca le dije cuán-to se le transfiguraba el rostro al sentarse frente a la pantalla, con apenas un caramelo de a peso.

     

    —La gente debería tener más cuidado con la peste a boca, ¿no lo crees?

    —Claro, Anita, por supuesto.

    Me dio un pedazo de esa basura dulce y mentolada que vendía una serie de gente en cualquier lugar de la ciudad. Sobre todo frente a las marquesinas de los cines. Ese día pasábamos cerca del Chaplin y Ana corrió a pegar el rostro en el cristal que anun-ciaba la cartelera.

    —Es un ciclo de Isabelle Hupert . ¿La conoces?

    A pesar de no tener nosotros más de catorce años logramos entrar. La rompe tickets se guardó el billete que le ofrecí y nos invitó adentro. Apagaron las luces. La pantalla mostró una imagen distorsionada y luego una masa llena de colores y burbujeante. Una señora algo estirada anunció que la película tenía un problemilla y en su lugar pondrían Lo que el viento se llevó. Magistral, pero ya la había visto un millón de veces. Sin embargo, Ana Isabel se hundió en la butaca, parecía media boba con eso de Scarlet O’hara junto al árbol haciendo creer al mundo que la tierra es lo más importante, y los negros nacieron para recoger algodón y prepararles la cama a los blancos. Claro, yo tampoco estaba atento por aquellos días de mataperros y débiles aprobados en historia, física y biología para bajar tranquilos por la garganta la comida que papá y mamá dejaban sobre la mesa. Entonces apenas lograba ver en la pantalla a una joven del Sur, más profunda e independiente que nadie. Siempre rodeada de increíbles puestas de sol y chicos simpáticos dispuestos a todo por ella. Ana veía otros asuntos:

    —Esos vestidos le dan personalidad a la flaca esa. Parece una catarata de tantos vuelos, mira los guantes, ¿qué te parecen? Ya no hay moda de verdad, no la hay.

    Pasó las tres horas y pico concentrada en cada trapo que vestía Scarlet. Al final, se quedó sentada, con la vista en los créditos. Mientras el resto de las personas avanzaba a la salida. Algunos viejos discutían acerca del cine de ayer y el de hoy. Nosotros salimos casi últimos. Como no era temporada de películas francesas o alemanas, solo dos muchachos debatían acerca del filme.

    —Citizen Kent es mejor.

    —No jodas, tienes que ver lo de David Linch, Felini, Kurosawa, y sobre todo el cine francés.

    —A mí no me interesaba, no otra y otra vez no, el combate entre Hollywood y París; siempre me han parecido una mierda Amelie y Star Trek. Nos sentamos en un Café y pedí un expreso doble, Ana un capuchino. No paraba de hablar de lo bien que le sentarían las prendas victorianas y el chal de Scarlet.

    —¿Viste el que usó cuando se le escapó el pedo frente a los tipos del Congreso?

    —Te inventas todo eso, Isabel, no vi esa parte por ningún lado.

    —Porque estabas dormido, guanajón. Tampoco viste al pajuso junto a mí.

    —Deja la lata, me dormí un rato, pero he visto la película un montón de veces. Y en cuanto al pajuso, ¿te refieres al tipo que corría en dirección a la salida?

    —Sí, ese, le agarré el chorizo y le hice el nudo aquel que aprendimos en el campamento de exploradores. Las campanillas de la puerta doblaron y entró un muchacho algo sucio, con olor a mar, a pescado medio podrido. Era uno de los que discutía fuera del cine. Su uniforme de secundaria era un asco y el pelo le caía grasiento sobre la frente. Sentí que podrían echarnos en cualquier momento, porque ya éramos tres estudiantes en un Café. Para mí, no estaba permitido vender brebaje a menores de edad; quizá a los ojos de la dependiente, nuestras monedas eran más importantes. Por cierto, el muchacho no encontraba la suya en ningún bolsillo. La dependiente parecía molesta. Un exprés mediaba entre ambos, el aire acondicionado funcionaba a la perfección, pero aún así el muchacho empezó a sudar como una jarra de cerveza. Dejé la silla y le pagué a la muchacha.

    —Pensé que tenía una por aquí —dijo, todavía ocupado en registrar sus bolsillos—. De todas maneras, gracias, mi hermano. Y yo que siempre le dejo propina a esta gente.

    Regresé junto a Isabel y vi cómo sus ojazos negros se expandían de asombro. Y es que el muchacho arrastraba una silla hacia nosotros.

    —¿Puedo? Le respondí que no había ningún problema y media hora después compartíamos la quinta o sexta taza de café. Bebimos cortados, capuchinos y rocío de gallo. Así de importantes eran nuestros centavos. La cafeína empezó a hacer de las suyas, sobre todo en Tulio.

    —El país se hunde, camaradas. Los Yankees siguen tan hijos de puta como siempre y la ONU es un payaso macabro: Chuky. Los jóvenes de hoy solo quieren ropa y cerveza; la gente se la gasta con Hitler, pero hubo un tal Trujillo que de haber nacido en una potencia yo les iba a hacer un cuento.

    Bebió de un palo su última taza, y al dejarla en el platillo tenía los ojos color frambuesa. Yo tampoco andaba bien, llevaba mareos y ganas de vomitar. Antes de despedirnos nos dio un número de teléfono y se largó.

    —¿Qué te parece? —Le pregunté a Ana, que estaba ocupada en mirar la hora en su reloj.

    —¿Quién, el loco?

    —El socio, Anita, el socio.

    —Un anormal engreído y apestoso, sobre todo eso. Esa noche comí tarde y sin límites. Al acostarme encontré problemas para hallar una buena posición, porque el estómago parecía una de esas piedras que se atan a la cintura antes de arrojarse a un río. Quizá daban las dos o las tres cuando empezó a atraparme el sueño. Los eructos consecutivos comenzaban a aliviar mis tripas.

    De pronto pedí un brandy con agua. Mis amigos del club tarda­ban un poco, así que estuve echándole un vistazo, a través del enorme cristal que ocupaba el frente de la taberna Snodgrass, a la calle Golden Cross. Trataba de olvidar el dolor por la docena de ostras en mi estómago. Todos parecían felices: los marine­ros, los soldados, los judíos y los obreros portuarios. Sin embargo, una capa gris, flotaba unos metros más arriba. Tuve un mal presentimiento, decidí pagar la media corona por el brandy y caminé hacia la salida. Quizá los señores Tupman, Winkle y Miller se habían pegado a las prostitutas de San Martín-le Grand. Al llegar a la parada de coches daban las cuatro, y la nata gris apenas se extendía unos metros sobre la cabeza de las personas cada vez más escasas.

    A Cronwell Street, le grité al cochero. Con semejante ambiente de oscuridad no podía concentrarme en mi esposa, seguro preocupada por mi tardanza a tomar el té con ella y batirnos en unas partidas de Whist. Afuera, las calles pasaban como un pai-saje de ultratumba. Las tarimas que usualmente exhibían manzanas, caramelos, almejas y pescados, descansaban vacías frente a locales cerrados y húmedos donde los carteles se agi­taban con el viento. Pagué al cochero y el carruaje se perdió en la niebla. Entré a mi residencia e inmediatamente escuché ruidos y risas arriba, en el cuarto que compartíamos mi esposa y yo. Corrí directo a las escaleras y apenas bastó una patada a la puerta para que cediera sin mayor resistencia. Apenas a unos metros, sobre la cama, Winkle, Tupman y Miller fornicaban con Isabel Wardle (mi esposa) al mismo tiempo, por los tres orificios posibles. Al verme retiraron el armamento del cuerpo. Les chorreaba tinta negra del pene. Mi esposa respira-ba agitada, satisfecha; del sexo le colgaba un hilo que sostuve con la punta de los dedos, no sin antes advertirle que al primer movimiento la mataría como a un cerdo. Mis amigos se alejaron un poco. Halé el cordoncillo teniendo que soportar una serie de gases expulsados por su vagina; finalmente salió el otro extremo y en este una bolsita de té. Isabel Wardle tenía, nunca la vi antes, una taza con agua caliente. Es la hora del té, me aseguró con una sonrisa y las campanadas del reloj en el piso inferior anunciaron que daban las cinco. Tomé uno de los almohadones y me dispuse a apretarlo con todas mis fuerzas contra la cara de ella. Lo hice, pero mi cuerpo entero se hundió en el colchón y caí a otro nivel, en un lago de sangre donde por suerte daba pie, el líquido apenas llegaba a mis rodillas. No muy lejos, Isabel Wardle permanecía inmóvil, desnuda y de espaldas a mí; más allá levitaba un vestido negro, antiguo, como los que usaban las damas de la colonia en los entierros hace dos centurias. Entonces Isabel giró su cabeza lentamente hacia mí, y tuve una desagradable visión a partir de sus ojos, como si llevase una de esas lentillas que les ponen a los dobles en las películas de vampiros. Desperté en la sombra de mi cuarto, con el ventilador repasando mi cuerpo y a ocho pies quizá, un chorro de luna llenaba un metro cuadrado de piso. ¿Qué significaba aquel sueño? ¿Por qué lo tuve?

  • Ese trabajo donde quiero decir algo

    Ese trabajo donde quiero decir algo

    Frank D. Frías, es un autor difícil de «atrapar», lo mismo para una entrevista que para una conversación telefónica, porque siempre está ocupado en una tarea distinta, sea con su propia literatura o con Alta Literatura, proyecto que le consume muchísima dedicación. No obstante, nunca le falta disponibilidad para atender a quien necesite ayuda, una lectura o una crítica. Hoy, a pesar de las distancias, tuvo a bien responder algunas preguntas que, para quien lea entre líneas, mucho dirán…

    Entre Rigor Mortis (2009) y Y vos por qué lloras (2021) hay más de una década. Si pusieras un cuento de cada libro uno al lado del otro, ¿qué es lo primero que verías que cambió, no en el tema, sino en el oficio: el manejo del punto de vista, el ritmo de las frases, la forma de cerrar?

    En realidad, mi primer libro, también de cuentos es: Una recta entre dos puntos negros, editorial Extramuros, 2008, a cuatro manos con Ingrid Brioso Rieumont. Apenas llevaba dos años escribiendo, aún iba a un taller literario. La diferencia fundamental es que en esa etapa estaba obsesionado con la perfección e intentaba aplicar los conocimientos adquiridos en cada texto. En resumen, poca alma y mucho alarde de estilo, que tampoco era la gran cosa.
    Y vos por qué lloras es un libro pensado como libro, ese trabajo donde quiero decir algo, llamar la atención sobre los asuntos que me interesan desde hace muchos años. Quizá menos perfecto que otros, pero en mi opinión más sincero.

    ¿Hay algún recurso que usabas mucho en Rigor Mortis y que hoy evitas a propósito, bien porque sientes que ya lo agotaste o que era una muletilla de escritor con menos experiencia narratológica?

    Me interesaba más el ritmo acelerado, que la respiración de la historia, quería que leyeran los cuentos de punta a punta a mucha velocidad, un error enorme, pero como dije, apenas llevaba dos años en el oficio, y cometieron el error de premiar un cuento mío con ese estilo, así que viví engañado durante un tiempo considerable.

    ¿Hay algo que solo te atreviste a hacer en Y vos por qué lloras porque necesitabas los años y los libros anteriores hasta creer que podías intentar algo distinto?

    No, cada libro hasta hoy me ha acompañado en mi madurez, cada uno tuvo una etapa diferente. Lo único que provocó escribir el cuento que da título al libro fue una experiencia real de una amiga argentina, a partir de ahí fui confirmando un libro lleno de situaciones que ocurrieron en la vida de alguien, por supuesto, todas tienen una alta dosis de ficción.

    Has publicado seis libros de cuentos en editoriales distintas. Más allá de la experiencia humana: ¿Qué aprendiste en términos prácticos —tiempos de espera, tiradas, distribución, relación con el editor— sobre cómo funciona realmente el circuito editorial independiente cubano, algo que un lector de fuera no imaginaría?

    La bondad e inocencia del sistema editorial cubano, donde casi cualquiera podía publicar, nos deja mucho daño. La prisa de un libro tras otro, en aquellos años por supuesto, llevaba a buenos profesionales a no seguir el camino junto al libro que acababan de editar, un trabajo de editor incompleto, donde una vez lanzado apenas recibía promoción y de nada valía si el libro lograba interés o se vendía rápido, ya para ese momento le tocaba trabajar con otro autor para cumplir el plan. No voy a extenderme en esta pregunta porque da para un libro, pero mi experiencia no ha sido buena, antes creía que no era así, pero cuando conoces a otras personas haciendo el mismo trabajo de otra manera, entiendes que hay muchas cosas por mejorar.
    En cuanto a las editoriales independientes que se han acercado a la isla, es peor, un desastre, porque en muchas ni siquiera existe la edición.

    ¿Cambiar de editorial en cada libro fue una decisión tuya, una consecuencia de cómo funciona ese ecosistema, o una mezcla de ambas? ¿Qué buscabas en cada cambio que el libro anterior no te había dado?

    Una consecuencia del ecosistema.

    Publicar en revistas históricas como El Caimán Barbudo pesa distinto que publicar en una editorial pequeña. ¿Qué te dio una plataforma así que un libro propio no te da, y viceversa?

    En aquel momento me emocionaba tanto como publicar un libro. Creo que hemos perdido la fuerza de las revistas y periódicos, no solo por los problemas que conocemos sino también por la fuerza que tienen hoy las redes sociales. Había algo mágico en la revista impresa, cuando me pidieron un cuento para Juventud Rebelde me dije: «voy a estar en la tirada nacional, pal carajo». Sentí temor por mis temas oscuros, no veía al panadero, el ingeniero o la doctora, listos para algo opuesto a la telenovela de las nueve; pero cuando desde el periódico me enviaron un mensaje aclarándome que nada político ni violento, me sentí peor, finalmente publicaron un cuento y sigue ahí.

    En el caso particular de Anita Mur, ¿por qué se distingue del resto de tu obra en cuentos más allá del género en que está escrito? ¿Qué te obligó a escribirlo distinto: el tema, el encargo, el momento personal, o una necesidad puramente formal que no habías resuelto en libros anteriores?

    Una casa, la de mi infancia, pocos o casi nadie ha notado el homenaje a la casa donde se desarrolla el conflicto, es la casa de mi infancia. Entiendo que se enamoren de Anita, que se robe el show, pero para mí regresar a sus páginas es nostalgia, es la casa que no existe hoy como era y llena aún de fantasmas: mi bisabuela, mi padre, mi abuela, mis animales; allí aún está enterrada una jicotea que se llamaba Rosalía, era mi mascota desde chico y estuvo conmigo nueve años, la sepulté yo mismo en el jardín.
    Nunca he dicho que mientras escribía el manuscrito, una chica llamada Yadira López Jaramillo, la pasaba en un ordenador, esta chica es Olivia Odel, la amiga de Ana en la novela. Su naturaleza rara y altruista está en Olivia y Ana, ambas son Yadira, espero que tantos años después no se moleste por decir esto.

    Si un lector solo pudiera conocerte por Anita Mur y nunca leyera el resto de tu obra, ¿qué idea equivocada se llevaría de ti como autor de cuentos?

    Ni idea, quizá creería que los cuentos son tan pausados como Anita, de ritmo lento. Nunca he podido desprenderme en el cuento de la velocidad, a veces trato de bajar revoluciones, pero nunca llego a la calma de Anita. En cuanto a mi romántico de mierda, el misterio y el horror, es algo que siempre va a estar ahí, en el cuento también. En No es tan difícil conseguir una mujer, un hombre que maneja un auto funerario usa el cadáver de una mujer para intentar engañar a sus esposa infiel, haciéndole creer que tiene una relación con la muchacha, y termina enamorándose del cadáver. Ahí lo tienes.

    En un ecosistema donde publicar novela suele dar más visibilidad y traducción que publicar cuento, ¿por qué seguir apostando por el cuento después de seis libros? ¿Es una elección estética, una posición dentro del campo literario cubano, o simplemente el género en el que de verdad piensas?

    Amo el Cuento, el género. Cuando comencé ese fue el primero y nunca he pensado en si es más o menos importante que la novela. No me preocupa el interés editorial ni el del lector promedio, cuando escribo somos la trama y yo, el resto no existe. Si no fuera de esta forma, estoy seguro que desde hace mucho me hubiese dedicado al mundo empresarial.
    Si alguien es lo suficientemente bueno en el cuento, no hay barrera que lo detenga: Borges, Poe, Quiroga, Lovecraft, Chejov.

    ¿Crees que Anita Mur, será el libro que los lectores más recuerden de tu obra?

    No sé, ha causado múltiples reacciones, quizá el que más recuerden las mujeres, toda la crítica positiva viene de mujeres, o casi toda, pero hay quienes me recuerdan a la joven que come ratas de La chica de las Ray-Ban Aviator o a la estudiante de medicina que lleva la bandeja con un corazón destrozado hacia la clase de Anatomía en Rigor Mortis o al muchacho que va de una dimensión a otra intentando salvar a la adolescente suicida en Érase una vez frente al abismo, siempre llega alguien que recuerda una obra diferente, pero quizá hasta hoy sea Anita… la más mencionada, pero tiene la ventaja de ser también la más promocionada.

  • IV

    IV

    (Fragmento novela)

    (Diseño de cubierta e ilustraciones de interior: Natalia Urquia Linares)

    Aldissia es pequeña, pero también muy abrupta: al subir por los riscos, el camino da tantas vueltas, que dejamos atrás al menos otros cinco grupos de hitos nereos, antes de llegar a la aldea, construida en una honda cañada, casi al centro del territorio insu­lar. Los poblados siempre se ubican en depresiones y rara vez tienen edificios altos, sobre todo en las islas pequeñas. Las tormentas son implacables con todo lo que sobresale demasiado en Egea.

    Pero los malditos pilares nereos siempre están en los sitios más inesperados e inaccesibles. Son a prue­ba de los más feroces vendavales. Esos anfibios sabían construir columnas. A veces me pregunto si el único sentido con el que las alzaron no sería burlarse de los que vendríamos después. Algo así como: ¿a que no adivinan por qué pusimos esto aquí o para qué servía?

    Coloco otra carga de algas de los sueños en la pipa y me abstraigo. La tercera, esta sí será la última del día, lo juro. Aunque el humo ayuda a pensar y a que las distancias se sientan menos. La escuela del camino, una vez más; mente distraída, cuerpo feliz.

    —El camino es tortuoso, lo recuerdo. Tenemos tiempo, antes de llegar a la aldea. Entonces, Yolke, ¿quieres que te hable de algo en particular?

    —Sí, por supuesto —dice él, sacando su cuader­no—. De los nereos, maestro.

    Lanzo una exquisita bocanada de humo antes de responderle, entrecerrando los ojos:

    —Ah, sí… los nereos… pues, me habría gustado mucho poder conocerlos en persona, tal como lo hicieron nuestros ancestros.

    —¡Vaya sorpresa mutua que debieron llevarse, en ese encuentro, ambas razas! ¿no?

    —Bueno, nos consta que nuestros ancestros se asombraron mucho… hay testimonio escrito. Pero ¿los nereos?, tal vez no se sorprendieron en lo absoluto.

    —Maestro Morvan —Yolke toma nota, aplicadamen­te, pero de pronto alza la cabeza para mirarme, ató­nito—. ¿Usted, entonces, sugiere que, tal vez… nos esperaban? ¿Qué, de algún modo, habían previsto la llegada de los humanos a Egea?

    —Puede ser. No hay modo de saberlo… porque hoy mismo ya no queda ni uno solo de ellos con vida, y ningún humano comprendió nunca más que unas po-cas palabras de su burbujeante idioma. Imposible saber, tantos siglos después, si tenían religión, litera­tura y esas cosas. Ni importa mucho, ya, ahora que apenas si son una leyenda, como la Tierra.

    Así conversamos un rato más. Cuando ya Niko se ha ocultado y apenas si ilumina nuestros pasos la sanguinolenta luz del pequeño Fendro, al fin divisamos los coloridos tejados en las casas de la aldea que se alzan desde la profunda hondonada. Un pequeño triunfo. Los viejos disfrutamos mucho de tales victorias mínimas. Aún puedo distinguir una raya volando a varios kilómetros de altura. Es lamentable que solo me quede un ojo… pero esa pupila sigue conservando casi tan buena vista como cuando era joven, casi… al menos de lejos. Porque, de cerca, ya es bien distinto.

    Hace años que no puedo ensartar una aguja, aunque cuente con la ventaja de estar siempre apuntando con un solo ojo. Y ni alejándolas hasta el límite de mi brazo, puedo ya diferenciar las letras… esas malditas patas de kito minúsculas, con las que se fijan palabras en el pergamino, para que el viento y el tiempo no las borren. Claro, como nunca aprendí a leer, tampoco es que esa carencia tenga mayor importancia a estas alturas. Veo lo suficiente para pelear, es lo que importa; hasta ciego seguiría siendo un adversario de cuidado. Porque un guerrero combate con todo su cuerpo, y no solo con los ojos.

    Para leerme todas esas palabras disecadas tengo a Yolke; después de todo, ayudar a su maestro es el trabajo de todo aprendiz, y él lo hace mejor que nadie que haya conocido nunca. Perfectamente pudo haber sido sabio o sacerdote con ese talento mi falso bárbaro bestero.

    De todas maneras, me habría gustado saber leer; podría haber consultado tantos pergaminos, en vez de prenderles fuego o usarlos para envolver cosas. En cambio, aprendí a matar; me volví muy bueno haciéndolo. Algo que, tristemente, suele resultar más útil que leer, en esta vida.

    El bueno de Yolke varias veces se ha ofrecido a enseñarme. Dice que un hombre de mi inteligencia lo lograría en unos pocos meses; pero ese tiempo, que apenas si es un abrir y cerrar de ojos para un joven como él, a mí me asusta. Hasta hoy no he aceptado su propuesta. Me cohíbe un poco volver a sentirme como un niño. A mi edad, quizás ya sea demasiado tarde para aprender cualquier cosa. No pueden enseñársele cabriolas nuevas a un vorklo viejo dice la escuela del camino. Suena sabio y… pese a toda mi corpulencia, yo no soy un vorklo…

    Ver los techos de sus casas, en el fondo de la depresión del terreno que las abriga, y entrar en la única aldea de Aldissia, no son cosas exactamente consecutivas en estos caminos serpenteantes. Así que tenemos tiempo de sobra para preparar como se debe el espectáculo de nuestra llegada.

    ¡Tampoco vamos a presentarnos así como así!, cubiertos de polvo, como vulgares y humildes viajeros. Porque la apariencia es importantísima para un pacificador: somos representantes de un gremio de hombres valerosos, hábiles… y altaneros. Eso debe quedarles claro, y desde la primera ojeada. Nadie contrataría a un pacificador modesto, ni a uno tan joven e inexperto o tan anciano y debilitado, que no diese la impresión de poder encargarse de cualquier monstruo, marino o anfibio. Así que nos ponemos nuestros disfraces de competencia profesional absoluta.

    Yolke se limita a recoger su poblada, indómita melena rojiza con una cinta blanca, y echarse sobre los hombros un capote simple, aunque muy limpio, del mismo color. Los aprendices y novatos usan siempre el blanco entre los pacificadores; la tradición tiene varios siglos. Yo cubro mi ancho, ligero, fresco, cómodo y resistente jubón de viaje con la mucho más pesada, ceñida, asfixiante, frágil y aparatosa casaca de gala. Usarla es casi tan incómodo como llevar una lanza metida en el culo. Con su fino tejido, sus rojos y azules brillantes, el cuello alto, hombreras exageradas y amplios faldones que me llegan casi hasta la rodilla, me da un aspecto magnífico que refuerzo aún más ocultando mis pies, deformados por la edad, bajo sendas y relucientes polainas, altas hasta la rodilla. También guardo mi confortable, descolorido sombrero en la alforja; de esconder mi vergonzosa, reluciente calva, se cuidará, ahora, una cara peluca de negrísima crin de vorklo, casi del mismo tono que una vez tuvo mi auténtico cabello.

    El toque final, los dientes postizos. Incómodos como una oreja en medio de la frente, y si los uso muchas horas seguidas acaban irritándome las encías, a veces hasta hacerme sangre, pero con ellos puedo masticar y hablar casi sin ningún problema. Son un trabajo muy fino: sesenta colmillos filosos, tallados uno a uno en durísimo hueso de kraken y cuidadosamente engastados en flexibles arcos de costillas de volkro. Me costaron cuarentaicinco egeos, más incluso que mi ojo de vidrio, también en Urmal… pero valen cada gema que pagué por ellos. Yolke insiste en que me quitan veinte años de encima cuando los uso. Y puede que tenga razón.

  • Yoss: Supongo que ser escritor es una especie de coartada perfecta

    Yoss: Supongo que ser escritor es una especie de coartada perfecta

    Supongo que ser escritor es una especie de coartada perfecta…

    Conocer el universo en que se mueve alguien que se dedica por completo a las letras, es siempre un desafío, no tanto por la cantidad de conocimiento que absorbe debido a su curiosidad, sino por aquellas respuestas que además de las habituales se pueden leer entre líneas, aunque el discurso sea muy diáfano como es el caso de Yoss (a.k.a. José Miguel Sánchez Gómez), quien en estas preguntas no solo responde a las inquietudes del entrevistador sino que además, amplía para aquellos cultores y lectores del género.

    Si tuvieras que explicarle a un biólogo por qué dejaste el laboratorio por la ficción, y un escritor por qué elegiste el camino literario ¿qué le dirías cada uno?

    Pues ambos recibirían la misma respuesta: siempre soñé ser escritor de ciencia ficción, y si estudié biología fue para darle una base científica a mis textos. No con el objetivo de pasarme la vida en el laboratorio, por mucho que me gusten los animales. Aunque confieso que también era mi plan B: si no lograba ganarme la vida con las letras, me quedaban los microscopios y cladogramas. Ya sabes: sí trabajas en lo que te gusta, no trabajarás ni un día en tu vida. Pero supongo que puedo decir que soy un autor afortunado; uno de los pocos que en Cuba vive de lo que escribe. La ciencia me ha dado ideas, sin duda… pero también disciplina, rigor a la hora de trabajarlas. Equilibrio perfecto, diría.

     

    Muchas de tus obras involucran monstruos o criaturas que tienen base en tu propio conocimiento, sin descontar la parte ficcional. Pero, cuando diseñas una especie, un virus o una mutación en esos personajes ¿partes de primero de la idea narrativa y buscas la biología que la sostenga, o al revés? Pon un ejemplo concreto de un libro tuyo donde puedas reconstruir ese proceso paso a paso.

    Uh, en realidad supongo que es bastante raro que un creador sea consciente de sus procesos mentales. Personalmente, creo que la mayor parte de las veces sólo acumulo conocimiento científico interesante, pensando en cómo podrá serme útil para alguna trama futura. Y tengo esta visión acumulativa no solo con la biología, sino con otras ciencias, sobre todo la historia. Así, es excepcional que tenga una idea que me pida investigar desde cero; por lo general ya parto con un background básico que sólo necesito ampliar o profundizar. Supongo que ser escritor es una especie de coartada perfecta para poder interesarse en muchas cosas a la vez. Pues me considero un filósofo en el más puro sentido de la palabra: amigo del conocimiento

    Por ejemplo: en Súper Extra Grande, mi novela corta de ciencia ficción que fuera premio UPC en 2010, y una de mis historias más traducidas (al inglés, al chino, al bengalí) la idea básica fue narrar las peripecias de un veterinario especializado en tratar a animales súper gigantes. Pero resulta que sé muy bien que no basta con aumentar desmesuradamente las dimensiones de cualquier ser vivo para volverlo un monstruo verosímil y aterrador. Una araña de 30 metros de envergadura no podría caminar: estos seres estiran las patas aumentando la presión interna, sin usar músculos… y no hay materiales biológicos conocidos que soporten la sobrepresión hidráulica indispensable para tensar miembros tan enormes. Sin contar con otros problemas, como que al aumentar el tamaño de un animal, su peso aumenta en proporción cúbica, pero su extensión superficial sólo en razón cuadrática, motivo por el que los seres vivos mayores tienen menor pérdida de calor dérmico… y necesitan, a la vez, patas mucho más gruesas que los pequeños, proporcionalmente, para sostenerse. Un animal pequeño, como un insecto, puede también pasársela sin sistema circulatorio y respiratorio complejos: por simple difusión, el aire puede llegar a todas sus células. Pasadas ciertas dimensiones, esto ya no es posible. 

    Muchos factores ¿ves? De tal modo, para diseñar a las que definí como criaturas vivas más colosales de la galaxia, los lagotones del enorme planeta Brondinnag, astutamente me basé en una de las entidades biológicas más pequeñas y curiosas conocidas: los hongos mixomicetos. Mis lagotones son amebas de kilómetros de extensión, que se deslizan con gran lentitud mediante corrientes de protoplasma que extienden sus seudópodos. Por eso no necesitan esqueletos ni músculos, que serían ineficientes en la gran gravedad local. Tampoco tienen enemigos porque no hay otra forma de vida en su mundo: se alimentan de los detritus orgánicos que caen de la órbita. Respiran a través de toda su superficie… y a la hora de reproducirse, pueden “esclorosarse” para convertirse en enormes estructuras tipo volcán, capaces de lanzar muy lejos sus esporas.

    ¿Podrían existir organismos así, en la realidad? Probablemente no, al menos en el tipo de ecología que conocemos; sería complicado que simples células evolucionaran hasta volverse tan gigantescas, ante de que otras las devoraran. Pero, en otro mundo, sin más habitantes en el ecosistema, y suficiente tiempo para que la madre naturaleza hiciera su magia… ¿quién sabe?

    Y esa, después de todo, es la pregunta fundamental de la ciencia ficción: ¿qué pasaría si…?

     

    ¿Hay algún principio de biología evolutiva -selección, simbiosis, parasitismo- que uses como “motor oculto” en varias de tus novelas sin que el lector lo note como tal?

    Básicamente, no; cuando introduzco uno de estos fenómenos en mis textos, suelo aclarar bien de que se trata, ya sea a través de algún personaje con conocimientos del tema, ya mediante el narrador. Creo que podría deberse a que me formé con lecturas de la ciencia ficción clásica, que a menudo tenía un claro propósito divulgativo, sobre todo en el campo socialista, donde se proponía explícitamente fomentar vocaciones tecnológicas y científicas.

    He usado en mis escritos muchos conceptos biológicos exóticos, o al menos que los legos no suelen dominar. Como neotenia, cleptoparasitismo o necrogénesis (con permiso de Brian Aldiss, que aventuró el concepto original en su trilogía de Heliconia) Pero siempre los llamo por su nombre. No hacerlo, pretenderme su inventor, me parece… desleal con el público. Como atribuirme méritos ajenos. Y cuando he creado conceptos nuevos, también procuro buscarles una denominación bien característica: ¿quién sabe? con algo de suerte, la palabra hasta podría volverse popular.

     

    En La escuela del camino ¿sobre qué base creaste a las criaturas que involucra la novela?

    Me basé en el fenómeno de simbiosis/fusión/absorción interespecífica, bien conocido en la historia biológica de la Tierra. El responsable, por ejemplo, de que las bacterias eucariotas tengan mitocondrias, organelos citoplasmáticos especializados en la obtención y suministro de energía a toda la célula. Una vez, hace muchos millones de años, esas mitocondrias fueron bacterias de vida libre de otra especie, pero fueron asimiladas por las células que hoy las contienen. Otro ejemplo es el de los líquenes, asociaciones entre algas y hongos tan mutuamente beneficiosas, que las especies que los integran ya no pueden vivir por separado.

    De tal modo, en el planeta Egea de mi novela vivía una raza humanoide, racional y anfibia, los nereos. Construyeron una civilización, pero sus hembras ponían cada vez menos huevos y ya se estaban extinguiendo, probablemente por empobrecimiento de su acervo genético debido a endogamia sistemática… cuando llegaron los colonos humanos, que casi mueren de hambre en los primeros años, dado que no podían comer nada de lo que vivía en el planeta, por su bioquímica exótica.

    Pero, al cruzarse ambas razas, surgieron híbridos fértiles e igualmente anfibios… cuyas otras características concretas no voy a spoilear aquí.

    Sólo falta añadir que esta mezcla fue posible por la enorme elasticidad genética de las especies de Egea, que aún se siguen mezclando entre sí. Y que, cuando muy raramente y por pura regresión, nace algún humano puro en este mundo… nunca dura mucho antes de morir. No e s un mundo para humanos no modificados.

     

    En tu opinión ¿qué error biológico cometen habitualmente otros autores de ciencia ficción que a ti, por tu formación, te resulta imposible perdonar?

    Ah, serían varios. Ya cité el del gigantismo mecánico: si una araña es terrible, cien veces más grande debería ser cien veces más terrible. Lástima que entonces no podría ni respirar ni moverse, el pobre bicho.

    También está la falacia evolutiva terrestre: pensar que en otro mundo habrá también aves, anfibios, peces y reptiles. O sea: clases de criaturas surgidas con nuestra evolución. Pero otra evolución, otras condiciones, generarían categorías muy distintas de seres vivos: por ejemplo, insectos con vida subacuática, medusas gigantescas flotando gracias a bolsas de gas más ligero que el aire dentro de sus ejidos o aviformes de cuatro alas que nunca tuvieran que posarse.

    Una tercera sería la obsesión humanoide ¡el homo sapiens no es la cumbre de la evolución, ni mucho menos! De hecho, este proceso no tiene cumbre… es sólo adaptación a ciertas condiciones, no una escalada teleológicamente predestinada a generar humanoides bípedos con manos y visión binocular. La inteligencia no tiene que adoptar por fuerza formas parecidas a nosotros, pese a lo que creyeran ¡o les obligaba el PCUS a escribir! tantos autores soviéticos. Ni siquiera debe estar constreñida a hormigas coloniales con raciocinio o leones bípedos autoconscientes. Los filmes y los seriales para TV estuvieron muy limitados por los efectos especiales antes del CGI; por eso Star Trek y Star Wars pululan de humanoides. Pero no es obligado que nuestros hermanos de intelecto lo sean; más bien, sería extrañísimo que, entre todas las formas posibles, coincidieran con nuestro plan corporal.

    Por último, algo que también me hace reír es el mito del depredador furioso e irreflexivo: llega el explorador humano al planeta, y la bestia local al punto trata de comérselo ¡Absurdo! Es no tener la menor noción de ecología: los animales cazadores de la Tierra no atacan nada que no conozcan y sepan comestible, y que además puedan abatir sin grandes esfuerzos o riesgos. Una forma de vida nueva y/o desconocida los hace comportarse con prudencia ¿y si es fuerte o venenosa?

    Hasta un súper parásito híper adaptable, como el xenoformo de Alien, tendría sus reparos en atacar a ciertos hospederos. Ningún depredador carga con los ojos cerrados contra todo lo que se mueve… tal comportamiento, paradójicamente, es más frecuente en herbívoros que protegen su territorio para reproducirse.

    Y, como de seguro ya te das cuenta, el tema me apasiona de veras. Podría escribir páginas y páginas sobre estos lugares comunes. En realidad, ya lo he hecho, en algún que otro artículo.

     

    ¿Qué intenta trasmitir, realmente, La escuela del camino?

    Eh ¡eso es trampa! Nunca se le pregunta a un autor que trató de decir con una obra; a fin de cuentas, esa intención es siempre secundaria. Lo que cuenta es lo que cada lector saque de ella.

    Eso sí: puedo confesarte mis propósitos originales al escribir esta novela.  Ante todo, homenajear a Conan, el personaje de Robert E. Howard, imaginando una aventura más bien crepuscular de un alter ego suyo, veterano y cansado, pero aún con ganas de vivir. En segundo lugar, explorar qué nos hace humanos. Porque no es tener cinco dedos en las manos, vivir menos de 150 años y no poder respirar bajo el agua… sino tener ansias sueños, construir una sociedad. Creo…

    ¿Lo logré… o no? la última palabra como dije ya, la tendrán los lectores.

     

    ¿Qué evitas conscientemente de la ciencia ficción anglosajona -temas, estructuras, tics de estilo- precisamente porque sientes que ya está sobreexplotado allí y quieres que tu ciencia ficción se lea como otra cosa?

    Ante todo, aclararé que me asumo como autor latino, que escribe en la lengua de Cervantes. No pretendo que mis textos parezcan traducidos del inglés. No lleno mis cuartillas de personajes anglosajones, no creo que todos los héroes deben llamarse Rick o Chuck y todas las damiselas en peligro ser rubias tontas y tetonas. Trato de subvertir los clichés de género y nacionalidad, de manejar lo universal; no por cubano tampoco son coterráneos todos mis protagonistas. Por ejemplo, en La escuela del camino aparece un personaje dravídico e hindú.

    Intento evitar también conceptos manidos, como el de que los humanos somos los altruistas superiores que llevaremos cultura a otros mundos: me gusta explorar la posibilidad de que choquemos con civilizaciones más antiguas y avanzadas que nosotros mismos, tecnológica y éticamente, y el sentimiento de frustrante inferioridad que eso podría provocarnos.

    Tampoco considero que todo contacto con otras inteligencias debe, por fuerza resolverse de forma violenta y bélica.

    En fin, que cuesta cada vez más ser original, ya seas anglosajón o latino.

     

    Si el mundo de la ciencia ficción tiene sus propios centros de prestigio (Nueva York, Londres) y sus periferias ¿en qué lugar de este mapa sientes que te ha tocado escribir, y qué has tenido -estilística, temáticamente- para que ese lugar no te condene al margen?

    Escribo en español y en un país del Caribe hispanohablante… entonces, por fuerza, soy periférico, en un género que se escribe en inglés y en países anglosajones, en primer lugar… y sólo luego, en chino, francés y ruso, sobre todo en los últimos tiempos.

    Mi solución a este problema, si alguno tengo, es la que ya te planteaba arriba: no escribir tratando de negar mi color local, mis particularidades culturales… sino abrazarlas, buscando la universalidad a través de lo particular. Porque tampoco soy un cubano típico, en tanto que blanco y metalero ¡el estereotipo de nativo de mi isla es el mulato salsero! Pero igualmente intento convertir mi relativa rareza en una ventaja, que no en un hándicap. Por supuesto, mis textos no sirven como guía de viaje para conocer Cuba ¡pero ya hay demasiadas de esas!

     

    En tu opinión ¿crees que existe una ciencia ficción autóctonamente cubana? ¿ha sido heredera de alguna otra?

    Sí que existe: y es el resultado de la improbable confluencia de los modelos anglosajones de CF con los soviéticos y de otros países del extinto campo socialista, a los que estuvimos expuestos casi en igual proporción entre 1959 y 1991. Y si a esas dobles raíces se les suma el ingrediente del choteo cubano, el humor, de esa hibridación tan insospechada surge la CF cubana, única e irrepetible… o al menos tanto como lo son otras: la francesa, la nipona, la china, la hindú. Ya sabes: quien copia a uno, es un plagiario, por muy bien que lo haga; pero si copias a varios, revuelves bien la mezcla y le agregas algo muy tuyo, entonces eres original, y te estudiarán en la academia, tras los aplausos.

    ¿Qué otro criterio sobre La escuela del camino puedes aportar y qué realmente podría aportar a los escritores actuales?

    Ante todo, es una indagación sobre los límites del espíritu humano, la relatividad cultural… y la amistad. Bastante introspectiva, por momentos.  Pero también una novela de aventuras planetarias, que intenta recuperar ese sentido de la maravilla de los clásicos de la era pulp del género: tiene combates cuerpo a cuerpo, lucha contra monstruos, conspiraciones y secretos, escenarios exóticos e impresionantes. La idea es que el lector pueda reflexionar sobre ciertas disyuntivas universales, pero sin aburrirse en el trayecto. Porque lo único que no puede perdonarse a la literatura es que nos provoque bostezos…

  • Autoedición, edición independiente o edición tradicional

    Autoedición, edición independiente o edición tradicional

    Diferencias reales y cómo elegir

    Muchos autores noveles rimerizos ordenan estas opciones como si fueran una escalera inviolable, es decir: autoedición abajo, editorial tradicional arriba, y la independiente en un punto intermedio poco definido, que hasta hoy se mantiene en esa «jerarquía» indefinida, que no describe cómo funciona el mundo editorial. Pero, como siempre, vamos por partes, ya que son tres modelos de negocio distintos, con lógicas de control, costo y distribución diferentes, y ninguno es en sí mismo “mejor” fuera del objetivo concreto que tenga el libro.

    ¿Qué es la autoedición?

    Aunque esto parece una perrogrullada, nunca está de más explicarlo y no es otra cosa que una forma de financiación para publicar en la que el autor asume todos los roles: contrata —o hace por cuenta propia, incluso sin tener el conocimiento para ello— la corrección, el diseño de cubierta, la maquetación, sube el libro a plataformas como Amazon KDP —por utilizar el ejemplo más común— y se encarga de toda la promoción, ¿por qué?

    Pues porque este tipo de modelo le otorga al autor mismo: control total, ay que badie más que él decide sobre el contenido, la cubierta o el precio de venta al público (el famoso PVP). El costo, pues así como arriesga en el acabado del producto final, también lo hace al asumir por adelantado el resto de los servicios implicados en el proceso, o sea: corrección, diseño, ISBN (que es lo más recomendable), aunque después se queda con un porcentaje de regalías más alto por ejemplar vendido. Por último, los tiempos en que decide manejar la finalización de todas las etapas del mismo proceso y la distribución y visibilidad, pues estas dependen casi por completo del esfuerzo del propio autor. No hay red de contactos, prensa ni librerías gestionadas por un tercero.

    Lo cierto, es que para este modelo de negocio en cuanto a libros no existe una única respuesta. Los autores tienden a tener estrategias diversas y aunque el esfuerzo es mucho, no siempre sale bien.

    ¿Qué es la edición independiente?

    Vamos a esta parte, que aunque parece sencilla, no lo es tanto. Una editorial independiente es un sello pequeño o mediano, con un catálogo curado, donde el trabajo se reparte entre el autor y la editorial, esta última suele asumir corrección, diseño, maquetación y parte de la distribución, y el autor cede ciertos derechos a cambio de ese acompañamiento, normalmente con regalías por ejemplar en vez de un pago único.

    En este caso específico, el control, es compartido, lo que significa que el autor conserva más voz que en una editorial grande, pero decisiones como la cubierta o ajustes editoriales suelen negociarse, no imponerse.

    El costo de producción, no es en sí mismo una garantía financiera, ya que por lo general no hay pago por adelantado del autor hacia la editorial; el modelo se sostiene con la venta de ejemplares. Los tiempos de producción son intermedios que la autoedición —hay un proceso editorial real de por medio— pero habitualmente más predecibles que los de una editorial grande, precisamente por tratarse de equipos pequeños con menos capas de decisión, y la distribución y visibilidad, más limitada que una editorial grande, pero con un acompañamiento personalizado, y a menudo un catálogo con identidad propia, que una editorial masiva no puede ofrecer a un autor nuevo, bien porque es una apuesta a ciegas, bien porque no es “rentable” traducido en ventas o como impulso de otras del mismo tipo aunque hacia diferentes títulos.

    ¿Qué es la edición tradicional a gran escala?

    Las editoriales tradicionales grandes trabajan con procesos de selección muy competitivos, no cobran al autor por publicar y en algunos casos ofrecen un anticipo sobre regalías futuras.

    ¿Pero dónde está la diferencia con el resto de procesos anteriores? En asuntos como el Control, que es el más limitado de los tres. La editorial suele decidir cubierta, título final y, en muchos casos, pedir tanto cambios editoriales significativos (esto implica que pueden hacer el autor escribir un capítulo más, eliminar un personaje o sumar otro a lo largo del proceso), como condición para publicar. Una prebenda que debe sumarse a ello es que el costo (tanto humano como tecnológico) de producción es cero para el autor por adelantado; el porcentaje de regalías por ejemplar suele ser menor que en autoedición o edición independiente, pero el volumen potencial de ventas es distinto. Los tiempos suelen ser más largos por la cadena de métodos que implica: procesos de selección extensos, comités editoriales, calendarios de publicación que se deciden con mucha antelación, mecanismo de promoción, y la distribución y visibilidad resulta aquí la más amplia de los tres modelos pues se cuenta con presencia en librerías, prensa, campañas que un autor individual o una editorial pequeña difícilmente pueden igualar, así como otros medios promocionales de un alcance si bien no limitado, al menos más caros.

    ¿Cómo elegir según lo que realmente buscas?

    Esto aplica para todo tipo de autores (a menos que seas de esos que finalmente haya logrado alcanzar el entorno de una editorial mayor). Si priorizas velocidad y control total, y estás dispuesto a asumir —o a pagar por adelantado— la corrección, el diseño y la promoción, entonces la autoedición encaja con ese objetivo, pero ten en cuenta que el resultado puede tener tanto un resultado positivo, uno negativo, como uno estático, este último implicaría mantener tu libro en el océano que ya existe pero sin movilidad ni venta y que termines ahogado por el cansancio de intentar.

    Si por el contrario, el autor busca acompañamiento editorial real y un catálogo con identidad sin renunciar del todo a tu voz, y tu objetivo no es necesariamente la distribución masiva sino llegar bien a un público meta (específico y definido con antelación), una editorial independiente suele ser el modelo más coherente, en el que de algún modo el autor también deberá implicarse, porque la obra al final, es suya.

    En cambio, si el autor tiene como prioridad conseguir la mayor visibilidad posible y está dispuesto a esperar procesos largos, competir contra muchas propuestas y ceder buena parte del control creativo a cambio de esa distribución, tiene sentido apuntar a una editorial tradicional grande.

    ¿Es una mejor que otra? Esta respuesta varía en dependencia del objetivo de cada autor, porque en todos los casos, hay que sacrificar una cosa u otra por conseguir lo que se busca. Sin embargo, todos los caminos conducirán sin duda, a un aprendizaje que si bien no muy apreciado, tampoco despreciable, todo estará en función de la paz que cada autor quiera llevar consigo mismo.

    Algunos errores comunes al elegir

    Aunque no lo parezca y lo deje aquí brevemente, esto tiene “chicha” porque es bastante frecuente equivocarse si: se asume que “independiente” significa “de menor calidad”, ya que describe una lógica de distribución y tamaño de catálogo, no un nivel de exigencia editorial, que existe, pero tal vez el resultado no es el esperado. Otro sería pensar que la autoedición es gratuita, lo que no es cierto, porque los costos existen igual, solo que los paga directamente el autor en vez de descontarse de futuras regalías y casi nunca se le suman los costes asociados para la finalización del proceso. Por último, pero no único, intentar perseguir el prestigio de una editorial tradicional sin considerar que, en la práctica, suele implicar menos margen de decisión sobre el propio libro.

    Lo sé, todos quisiéramos vivir de lo que hacemos, pero quien escribe e intenta plasmar esa historia que lo asfixia hasta que lo ve en las páginas, no lo hace por dividendos como objetivo principal, porque en ese caso, estaría en el “negocio” equivocado.

  • ¿Quién o qué decide qué literatura importa?

    ¿Quién o qué decide qué literatura importa?

    Serie: ¿𝐐𝐮𝐢é𝐧 𝐨 𝐪𝐮é 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐭𝐫𝐮𝐲𝐞 𝐞𝐧 𝐫𝐞𝐚𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐥𝐚 𝐜𝐮𝐥𝐭𝐮𝐫𝐚 𝐝𝐞 𝐮𝐧 𝐩𝐚í𝐬?

    Dame tres minutos de tu tiempo a ver si te has hecho la misma pregunta: ¿Por qué un libro extraordinario, escrito desde una localidad específica y una tradición editorial más que comprobada, puede simplemente 𝐧𝐨 𝐞𝐱𝐢𝐬𝐭𝐢𝐫?

    En mi opinión, 𝐧𝐨 𝐞𝐬 𝐮𝐧 𝐩𝐫𝐨𝐛𝐥𝐞𝐦𝐚 𝐝𝐞 𝐜𝐚𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝 sino de funcionamiento de los circuitos e infraestructura. Pero déjame que exponga mi punto de vista y ya después, si quieres, júzgame o hazte tu propia idea. Creo que existen demasiados factores que intervienen en la respuesta a la pregunta inicial.

    Comencemos por aquí.

    En la producción de cualquier libro, es importante que existan: acuerdos con distribuidoras, presencia física o digital en catálogos que otros países consulten, analicen, extraigan y puedan tirar del hilo de esos catálogos, porque de lo contrario es como tener muchas habilidades que nadie conoce y que jamás puedes poner en práctica. Cuando esos canales funcionan a medias, funcionan solo internamente en un país, o su infraestructura solo permite cumplir con un «plan», la obra queda atrapada en su territorio de origen por mera infraestructura, no por falta de mérito.

    Si a lo anterior le sumas barreras administrativas (la llamada infraestructura), económicas y tecnológicas. ¿Qué quiero decir? ¿Cómo se manifiestan estas limitaciones? Téngase en cuenta que no son las únicas, pero expongo apenas la superficie de lo que podría ser un análisis más profundo.

    —En lo administrativo, personas que se ocupan de que el mecanismo «funcione» cumpliendo con un «plan» sin tener en cuenta un mercado real, una línea pensada y diseñada hacia un objetivo editorial concreto (beneficios, selección de autores redituables, respuesta a la demanda), no a llenar librerías o números en un reporte.

    —En lo económico: Los autores solo tendrán mayor competencia cuando la calidad de lo que producen esté forzada a ser superior, porque perciben un beneficio de ello (y lejos de cualquier interpretación, responde a mientras más trabaje, mayor serán sus ingresos, a la forma en que se plantee cómo, en qué forma y de qué modo aporta desde su conocimiento a la sociedad y a si mismo como intelectual. Súmale a esto, que las editoriales, tendrán una perspectiva de derivación de recursos más concreta, no solo ya con el libro impreso, también con la búsqueda de dónde ubicar ese mismo catálogo de forma digital. Una editorial que no percibe ingresos a su propia cuenta, ¿de qué forma puede plantearse participar en un mercado real? Y esta es otra parte entre muchas, si una editorial no sabe cuál es el mercado que le corresponde, ¿cómo, de qué forma, producirá para ese publico meta y será sostenible en el tiempo por sí misma?

    —En lo tecnológico: Tanto las editoriales como los autores, necesitan espacios de promoción, sin actualización, ¿cómo podrán hacerse realmente visibles esas obras producidas en la localidad? Es decir, todo se limita cuando intentas hacer presencia en plataformas de pago que no funcionan, restricciones bancarias que impiden vender o cobrar en otras monedas, cuando no se ha creado (como parte de la llamada infraestructura) una tienda que pertenezca solo a la editorial, cuando la propia editorial no tiene un sitio donde conectar su producción, hacerla visible, convertirla en un recurso que la visibilice hacia otros puntos desde su propio sitio y tienda digital. Un autor puede tener su libro en la tienda digital más grande del mundo y aun así no cobrar un solo centavo, porque su territorio queda fuera de los sistemas bancarios que esa tienda acepta. No puede pagar una campaña de anuncios, no puede contratar una corrección profesional externa, no puede siquiera comprar un ISBN internacional sin recurrir a un tercero que actúa de intermediario y se queda con una parte. El resultado es una dependencia estructural de «alguien de afuera» para cualquier transacción, por mínima que sea. Eso no es falta de talento: es una autonomía de campo recortada desde la raíz.

    Estas barreras no suelen ser objeto de análisis, pero determinan tanto como cualquier reseña quién logra un mínimo de 𝐩𝐨𝐬𝐢𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨 𝐫𝐞𝐠𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥 y quién no.

    Por último, ya esto no depende del tejido macroeconómico, está el aparato crítico, las reseñas en medios especializados, entrevistas, menciones en suplementos culturales de peso, las investigaciones sobre autores locales, la presencia en medios de prensa, entre otros. Sin ese aparato, un libro puede ser el más leído en su ciudad y seguir siendo invisible para cualquier lector, editor o investigador fuera de ella. La crítica es, en buena medida, quien fabrica la 𝐢𝐧𝐜𝐢𝐝𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 de una obra fuera de su entorno inmediato.

    Ninguno de estos factores tiene que ver con el talento. Tienen que ver con la 𝐚𝐮𝐭𝐨𝐧𝐨𝐦í𝐚 𝐝𝐞 𝐜𝐚𝐦𝐩𝐨: la capacidad real de un territorio literario para generar sus propios circuitos de circulación, sin depender por completo de que alguien externo decida abrirle la puerta.

    ¿𝐂𝐨𝐧𝐨𝐜𝐞𝐬 𝐚𝐥𝐠ú𝐧 𝐥𝐢𝐛𝐫𝐨 𝐨 𝐚𝐮𝐭𝐨𝐫 𝐪𝐮𝐞 𝐦𝐞𝐫𝐞𝐜í𝐚 𝐦𝐮𝐜𝐡𝐨 𝐦á𝐬 𝐚𝐥𝐜𝐚𝐧𝐜𝐞 𝐝𝐞𝐥 𝐪𝐮𝐞 𝐭𝐮𝐯𝐨?

    Si este es un tema de tu interés, y has llegado hasta aquí, agradezco muchísimo tu lectura, pero recuerda que sin tu comentarios solo será un texto más.

    Cuéntame, ¿cuál de estas barreras crees que pesa más en tu propio entorno literario?.

    ¡Te leo!

  • Confusiones habituales, mal marketing

    Confusiones habituales, mal marketing

    En un texto anterior donde mencionaba qué considerar antes de enviar un manuscrito solo abordé puntos básicos que todo autor, ya se principiante o con experimentado debería tener en cuenta. No siempre el hecho de tener más recorrido hace que se comentan menos errores, tal vez por el exceso de seguridad, y al repasar el texto de marras, entonces creí necesario abordar un tema muy relacionado que es el que da título a este.

    Conseguir ingresar al catálogo de una editorial de renombre —por supuesto, me refiero a grandes grupos editoriales— es cada vez más complicado, sin mencionar que los autores cada vez son más independientes al optar por la autopublicación, un mercado que poco a poco se situa en paralelo al del libro normal, y si bien no consigue unos resultados que sean del todo beneficiosos económicamente hablando para el autor, tampoco le hace mal ya que está en su poder el hecho de desarrollarse como un “todo en uno”, es decir, productor, diseñador, maquetador, promotor, entre otras gestiones. Esto provoca que al ser la autopublicación y la necesidad de profesionalización catalizadores de la demanda de servicios, reine una confusión terminológica peligrosa.

    Un poco más claro. Muchos escritores, abrumados por la oferta, terminan contratando servicios que no cubren ni solucionan sus necesidades reales, pero la culpa no es solo del autor, pues también existen otros inescrupulosos que con tal de generar ingresos venden “servicios” que no corresponden a la necesidad real y termina complementando un mal marketing, con etiquetas erróneas sin saber cuál es el límite donde parar, porque no puedes vender: coaching si lo que haces es mentoría ni esta si lo que ofreces en verdad es asesoría o consultoría. Pero es importante dividir aquí los roles porque no son iguales, unos están más ligados al acompañamiento personal y otros a la intervención técnica.

    El error más común es no distinguir si la necesidad es interna (el proceso, los bloqueos, la carrera) o externa (el texto, la estructura, la calidad narrativa).

    En el ámbito del escritor, tanto el coaching como la mentoría, van a centrarse en la persona. De una parte, el coach no es un profesor de escritura; es un facilitador que utiliza preguntas que ayuden al desbloqueo del autor, gestiona sus hábitos y lo redirige a enfocarse en las metas creativas. Por otra parte, la mentoría, es una relación de transferencia de experiencia, donde quien mentoriza ya ha recorrido el camino que el otro está intentando, pero no sabe con exactitud qué estrategias puede utilizar y cómo evitar errores para conseguir algunos acierto.

    El asesoramiento entonces, se convierte en el diagnóstico técnico. Hace la función de un asesor literario que interviene puntualmente para resolver dudas específicas de construcción, tono o viabilidad comercial dándole respuestas específicas a temas relacionados con el manuscrito. Pero no confundir su papel en esta parte con el del editor o el corrector, como en todas las carreras, se especializa, porque aún cuando pueda existir un asesor en temas académicos no siempre podrá asumir su papel con respecto a una obra de ingeniería, en ese sentido son muy distintos.

    Ahora, en cuanto a la obra, es donde entra lo de edición y corrección, pues aquí el foco es el producto. Como ya se sabe, el editor se encarga (si no cuenta con lectores editoriales para hacer la criba de los manuscritos a trabajar) también de la estructura, el ritmo, la coherencia de los personajes y la eficacia narrativa. El corrector (ortotipográfico o de estilo) por su parte se encarga de que haya una correcta aplicación de la norma y salvar de errores esa obra. De esta forma, no tiene lógica alguna que estos perfiles se encarguen de tratar los bloqueos emocionales del autor.

    Esta confusión es perjudicial por una razón fundamental: las habilidades necesarias para cada situación son diferentes. Un excelente editor puede ser un pésimo coach si intenta aplicar correcciones técnicas a un autor que, en realidad, necesita resolver un problema de falta de disciplina, síndrome del impostor o boqueo creativo.

    Al tener la clara la diferencia entre estos ejercicios, un escritor debe saber o al menos intuir cuál es su necesidad real, porque un marketing confuso, terminará estropeando lo que se construye con esfuerzo, tomando malas decisiones y convirtiendo el problema en algo aún mayor.