Por: G.V. Andersen
Beca Conhacyt
Maestría en Demografía (2024-2026)
Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales
El Colegio de México
Años antes, había escuchado la posibilidad de estudiar fuera de Cuba mediante una beca; sin embargo, nunca pensé que pudiera ser elegido para alguna. Varios amigos insistieron en que aplicara, incluso el autor de este libro, pero siempre creí que las becas de estudio, investigación o cualquier otra eran cosa exclusiva de muy pocos. Como parte del mundo universitario, a menudo escuchaba de profesores que se iban a España, Chile, México a comenzar maestrías y doctorados. A mediados del año 2023, vi seriamente comprometido mi estado de salud y comencé a cuestionarme ciertas actitudes que había mantenido hasta entonces. Fue así como una mañana de junio, recuerdo que era domingo, desperté a mi esposa y le dije con total convicción: «Vamos a aplicar a una beca».
Hubo varias razones para que fuera Conahcyt (ahora Secihti) la beca seleccionada. La principal, lo económico. Mi esposa y yo calculamos los gastos entre legalizaciones, examen de admisión, posible apostillado de documentos académicos y certificados importantes, viajes al Consulado en La Habana, visa, pasaje de avión y estancia de al menos tres meses en el nuevo país hasta que me realizaran el primer pago. La cifra se nos escapaba de las manos y se nos encarecía más cuando analizábamos otros destinos. Por otra parte, nunca quise irme solo a ningún lugar, mucho menos por el tiempo que dura una maestría, y la Ley de Migración mexicana permite la preservación de los matrimonios y otros vínculos bajo la figura de «Unidad familiar». Así que Conhacyt se convirtió en el objetivo.
El proceso de aplicación es relativamente sencillo cuando tienes los medios: escoges una maestría en una de las disciplinas afines a tu formación o que no discrimine por ello; te aseguras de que el programa de estudios se encuentre respaldado por Conhacyt; cumples los requisitos que se exigen entre currículo, documentos probatorios necesarios, cartas de recomendación, etc.; realizas los exámenes correspondientes y esperas los resultados.
Lo difícil, en mi caso, comienza cuando vives en un país como Cuba. Absolutamente todo el proceso es online y, desde hace bastantes años, el país atraviesa por una crisis energética, económica, financiera que afecta hasta los ámbitos menos pensados. Conectarse a Internet es un procedimiento que implica paciencia y fe; luego confías en que lo hagas en sitios que no bloqueen tu IP porque proviene de Cuba; de ser así, necesitas un VPN que enmascare tu procedencia y que diezme más la ya precaria velocidad de conexión. Cuando se hubo logrado, enviamos a legalizar —mi esposa y yo, siempre en plural, y personas que se irán incorporando— los títulos, certificaciones de notas y otros documentos imprescindibles al Ministerio de Relaciones Exteriores. Esto, por ese entonces, demoraba entre cuatro y seis meses aproximadamente en dependencia de los ánimos y los vientos que azotaran.
Luego, agradeces a Dios por quienes envía a acompañarte. Desde mi experiencia, jamás diré que fui seleccionado a una beca por esfuerzo individual. Hubo muchos amigos que intervinieron. Algunos apoyaron con una laptop, otros agilizaron procesos, acceso a redes, pagaron los exámenes en México o garantizaron conectividad incluso fuera de horarios laborales. Nunca faltó el que daba ánimos, el que nos orientó paso a paso ni el que ayudó enseñándonos estadística y nos trajo una lámpara más grande, porque nos encontró estudiando en la oscuridad de un apagón acompañados únicamente por la luz del celular. Nunca faltaron las cartas que nos recomendaban, una plegaria a nuestro nombre, las promesas a los santos, una vela encendida en el corazón de Miami. Y quienes puedan verlo como exceso, entiendan que, todavía en 2025, una beca de estudios en el extranjero también es una esperanza para los cubanos que quieren escaparse de la isla.
De los esfuerzos más extraordinarios que recuerdo, lo realizó un exalumno de mi esposa cuando, en el peor de los momentos de disponibilidad energética, consiguió que no se le cotara la electricidad al lugar donde nos sometimos a casi cinco horas de examen. ¿Cómo? Jamás lo supimos bien, pero él pudo y lo hizo con un desinterés anónimo.
El 17 de abril de 2024 recibí la notificación de que se me había aceptado en la Maestría en Demografía de El Colegio de México. Para ese momento, poco nos quedaba de la economía que habíamos planificado antes. Entonces volvieron a emerger los solidarios. El esposo de una tía que dijo, frente a mi titubeo, «¡¿Somos o no somos?!», y eso, entre cubanos, es una reafirmación de confianza tremenda; y el padre de mi esposa, que sacó los ahorros de la vida y me los encargó definitivamente: «A mí no me hace falta ese dineroA, y sabíamos que sí le hacía falta. El mejor de los amigos nos adelantó un buen monto para que la inflación del dólar no nos hundiera, y su hermana, la de la vela en Miami, pagó a mi nombre un pasaje de avión sin posibilidades de reintegro. También se nos cerraron algunas ventanas, pero la luz alcanza cuando la puerta es grande.
El resto fue llegar a Ciudad de México, un monstruo urbano, rápido y voraz como son las grandes ciudades, pero también hermoso y acogedor. Debí esperar casi tres meses hasta que mi esposa pudo estar conmigo, y durante ese tiempo me apresuré a adaptarme a ser estudiante de El Colegio de México. Estudiar en el Colmex gracias a una beca Conahcyt ha dado un vuelco irreversible a mi formación académica, a mi vida personal. Las exigencias de la institución hicieron que superara límites intelectuales y que mi capacidad de razonamiento se reestructurara hacia un enfoque cuantitativo. Hasta hoy nunca he dejado de sentir una mezcla de placer y angustia en los estudios, insuflado por el estrés y los pequeños logros. He aprendido a superar las frustraciones, la decepción, el rigor, y he crecido muchísimo. Me he percatado de que ya no soy el genio sentado en medio de la sala, y también de que, gracias a Dios, por fin estoy en la sala correcta.

Leave a Reply