Documentos auditables

Por: Abel Guelmes Roblejo

Cuando uno llega nuevo a una casa, debe adaptarse a las costumbres locales. Eso es una ley universal, no escrita, pero cierta. Desde el día que llegué a La Cerquita he bebido de todo el conocimiento que me han compartido. Sobre todo, por parte de mi mujer, Clara; quien, al estar la mayor cantidad de tiempo a mi lado, se puede decir que es mi guía especializada en esta nueva aventura.

No obstante, hay cosas a las que no he logrado ni comprender, ni acostumbrarme. Puedo entender que le rindan culto a la Diosa de la Guacamaya (la de la mata de plátano, no el ave) y otra cosa bien diferente es… mejor le explico.

Llevo muy poco tiempo con mi mujer y aún estamos conociéndonos, por lo que siempre buscamos protegernos al tener sexo. Pero los condones están desaparecidos. Yo tenía una reserva que, sumado a la que ella tenía, nos ha durado hasta ahora, pero ya se nos agotaron. 

Así que decidí reponerlos o mis noches iban a ser más aburridas que una carrera de babosas. Como caídos del cielo, un día que paseaba por el boulevard, encontré un puesto donde vendían inciensos, hierbas, piedras raras, animales y otros objetos, pero, que además la joven vendedora tenía una repleta de preservativos ¡Y de los buenos! Así que, me acerqué a preguntarle el precio. Que debían ser muy caros para que en aquel lugar no estuviera medio pueblo haciendo cola.

—Son gratis. Esto lo garantiza el estado para cuidarnos la salud. Usted sabe lo peligrosas que son las ETS.

—Muchacha, sí, eso es lo peor. Bueno, ¿cuántos me puede dar?

—Una tirita de tres.

—¿Una sola? Linda, no podrías darme tres o cuatro tiritas. Yo te las pago.

—No. Qué va. Si me cogen en esto me queman en la hoguera. No puedo arriesgarme. Lo que sí puede hacer es darme el número de identidad de su esposa y yo le firmo por ella.

—Perfecto.

Y así lo hicimos. Yo firmé, puse el nombre y datos de mi mujer para que la joven me diera los gloriosos seis condones.

—Ahora, deme su número de teléfono, una muestra de sangre y présteme su carnet, para tomar el tomo y folio para completar esta planilla.

—¿En serio? Mire que hacen cosas raras hoy en día.

Le dije, pero por tal de salir de eso e irme a la casa, se lo di.

—El problema es que todo esto —dijo señalando a los papeles y preservativos—, es auditable. Necesitamos sus datos y la muestra de sangre para darle seguimiento al proceso. Necesito que, cuando utilice los condones, no bote el sobre vacío. Tengo que corroborar que cada número de serie registrado en ellos, haya sido utilizado. 

—¿Cómo?

—Sí. Una vez que tenga relaciones sexuales, en el transcurso de las setenta y dos horas posteriores, debe volver para acá y…

—¿Usted está hablando en serio? —pregunté mirando a los alrededores, por si era una cámara oculta, pero no lo era.

—Claro que es en serio. Mire, señor, yo solo cumplo con las orientaciones de mis superioras. ¿Quiere los preservativos o no? 

Ya me había pinchado el dedo para la sangre y le había dado mis datos y, lo peor, es que aún estaba sin preservativos.

— Por cierto, ¿su pareja es hombre, mujer o de otro tipo?

—Mujer. Claro que mujer… ¿qué otro tipo hay? —demoré en asimilar esto último.

—No sé. Alguno debe haber si lo preguntan en la planilla. En fin, debe declarar con anterioridad el nombre de con quién va a ser utilizado cada preservativo.

—Es que esto es absurdo… —comencé a decir, pero ella no escuchó y continuaba leyéndome la planilla.

—Luego debe buscar un testigo que corrobore que el preservativo fue utilizado con la persona que declaró.

—Ya esto es el colmo. ¿Cómo pretende que haga esto? ¿A trío?

—Eso no se lo puedo decir, señor. Solo que no a trío. Si va a hacer un trío, cuarteto, intercambio de parejas, orgía o sexo de cualquier otro tipo en el que intervenga más de una persona, debe declararlo también y eso conllevaría otra planilla diferente. ¿Se la busco?

A ver, jefe, en ese entonces creí que ya era una broma pesada por su parte. Tenía que serlo, así que decidí seguirle la corriente y le dije buscaría testigos para que den fe del uso de los preservativos. En fin de cuentas, una vez que me fuera de ahí, no volverían a verme otra vez, a no ser que regresara a buscar más.

La joven terminó de llenar la planilla, pasó los condones por una roca, un escáner, anotó algo que salió en la pantalla y me los entregó. Di las gracias y casi que me voy corriendo de allá. Si no fuera porque andaba desesperado por la falta de preservativos, la hubiera mandado bien lejos. Pero soy nuevo en la ciudad y tengo que adaptarme a sus leyes, por raras que sean (aunque no las cumpla). A decir verdad, esto es lo más absurdo que he vivido hasta el momento. Y yo que creía que La Cerquita escapaba de esta cualidad innata de mi ciudad de origen; pero no. 

Y si eso hubiera sido todo, no le estuviera enviando esta carta. No tenía a nadie con quien conversarlo y si no lo escribía, reventaba. 

Sucede que aquella tarde llegué a la casa y me dije “estos se estrenan hoy”. Ya que aquel mal rato no podía haber sido por gusto. Y así fue. En la noche, mi mujer y yo comenzamos a acariciarnos, ya sabe, una cosa lleva a la otra y la otra nos llevó a la cama. 

Le juro que al abrir el preservativo perdí un poco la concentración, ya que no sabía si botarlo a la basura o guardarlo. Fíjese que Clara me preguntó si había algún problema. Enseguida le dije que no y boté el sobre vacío. 

Todo fue de maravillas, no puedo decir otra cosa. Al terminar, teníamos tanta hambre que nos preparamos una merienda nocturna y luego nos quedamos dormidos. De pronto, a media noche, suena el teléfono y lo descuelgo, aún sin despertarme del todo. 

—¿El señor Ignacio?

—Sí, dígame. ¿Qué pasa?

—Le llamamos porque recibimos la notificación que ha utilizado dos de los seis preservativos. Necesitamos que mañana en la mañana se presente con los dos testigos y con los sobres vacíos en nuestra oficina central.

—Pero, ¿cómo rayos ustedes saben…? —Me levanté con cuidado y me fui a la sala, para no despertar a Clara— De dónde yo… No puedo, boté los sobres —terminé diciendo, resignado, ya despierto del todo.

—Nuestra geolocalización dice que están en el cesto del baño, debajo de unas toallitas húmedas. ¿Quiere que lo guíe? 

—Miren, váyanse al carajo. Mañana les llevaré los sobres, testigos y hasta los cuatro condones sin usar, pero déjenme tranquilos y no vuelvan a llamarme o no respondo de mí.

Orgulloso por aquel exabrupto, pero también un poco asustado, colgué la llamada y puse el teléfono sobre la mesa de noche. Y, ya, cuando iba a regresar a dormir, el teléfono se encendió y vi un mensaje que decía.

Al colgar no nos dio tiempo de informarle que también necesitamos los preservativos utilizados con la evidencia adentro de que fue usado para y con quién declaró que sería usado. No sé si me entiende. Le recuerdo que todo esto, señor, lamentablemente, es auditable.

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