El cliente no siempre tiene la razón

Lo más complejo para un editor de libros, y textos en general, no es tener que trabajar a «picotazos», ya sea porque nadie te conoce, o porque los trabajos que puedes conseguir carecen de la confianza de las personas que te contratan, sobre todo cuando el trabajo es más de corrección que de edición. No, lo más difícil para un editor de libros es ver cómo trabajas para editoriales disfrazadas de imprentas, o aquellas de autopublicación a las que solo les importa una cosa: cobrar.

Muchos clientes (llamémosle al escritor también por lo que es en tal escenario) al carecer de conocimiento técnico sobre la edición o corrección, consideran que su percepción personal es la que debe prevalecer, dejando de lado el criterio profesional. Esto no significa que sus opiniones no sean valiosas, pero cuando la subjetividad se impone sobre el conocimiento y la experiencia, el resultado puede ser un «producto», cuando menos inconsistente, con errores, dudosa calidad o con esos añadidos que los autores creen que deben ir en su texto. Aquí es donde el mantra de que «el cliente siempre tiene la razón» se convierte en una trampa para quien intenta ofrecer un trabajo bien hecho.

El cliente, muchas veces, interpreta que la edición o corrección es una actividad mecánica, cuando en realidad es una tarea que requiere un equilibrio entre técnica, sensibilidad y comprensión del contenido, el respeto a las reglas de manual (al menos en el caso de la bibliografía que no todos saben manejar). No basta con que el texto «suene, se vea, o le parezca bonito» o que se respete cada idea tal como el autor la plasmó; también hay reglas gramaticales, coherencia narrativa, entre otros aspectos técnicos que, si no se cuidan, pueden arruinar la credibilidad de una obra. Sin embargo, cuando el cliente decide ignorar estas recomendaciones porque «yo lo quiero así», el trabajo del editor pierde sentido, en particular después de las horas dedicadas al texto en sí y al respeto hacia determinadas normas.

Sumémosle la cuestión del ego. Para muchos autores, entregar su texto para revisión es un acto de vulnerabilidad, y aunque es absolutamente natural que sientan la necesidad de defender su creación, sucede que, en lugar de trabajar de la mano con el editor como un colaborador, algunos clientes lo ven como un adversario que está ahí para «destruir» su obra. Esto no solo genera tensiones, sino que hace peligrar el resultado final, pues el texto acaba reflejando más las inseguridades del autor que el propósito para el cual fue escrito. Además, este tipo de actitud por parte del autor, termina dañando la imagen del editor o corrector que trabajaron a pie juntillas.

Finalmente, el editor no está ahí para complacer caprichos, sino para garantizar calidad. En este sentido, decirle «no» a un cliente, aunque sea incómodo, es una demostración de profesionalismo. Un editor debe ser honesto sobre lo que necesita el texto, incluso si eso significa contradecir al autor. Porque, al final del día, un cliente satisfecho con un producto mediocre no ayuda a nadie: ni al autor, ni al editor, ni al público que lo leerá, y esto último es lo que muchas de las editoriales de #autopublicación no respetan del todo, de ahí que el cliente no siempre tenga la razón.

Entender que la razón no siempre es del cliente, es clave para construir relaciones más saludables y resultados de mejor calidad en cualquier industria, pero en especial en una tan delicada como la edición. Por lo que, autores, editores y editoriales de autopublicación, ¿no será hora de revisar?

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